Se casaron a los 16, tuvieron tres hijos y se separaron cuando ella dejó todo para estudiar Medicina: el drama que volvió a unirlos
Infobae · hace 1 h
Mercedes era muy joven, tenía unos 16 años, cuando quedó embarazada de su novio Rafael que tenía su misma edad. Vivían en el pueblo, iban juntos al colegio y se conocían desde el jardín de infantes. Las familias, un poco escandalizadas con la novedad, expusieron sus opiniones sobre la mesa. Enseguida salió un plan: casamiento. El bebé en camino tenía que nacer dentro de un matrimonio consagrado por la Iglesia. Entre las dos familias les alquilaron un departamento pequeño y los ayudaron cada día hasta que terminaron el secundario.Egresados y con un hijo no hubo demasiada reflexión sobre cómo debía dibujarse el camino que seguía. No habría estudio, no se podía. Los dos tuvieron que salir a trabajar mientras los abuelos se quedaron a cargo de Santino que ya tenía casi dos años.Hasta acá, una clásica historia de amor, de jóvenes que no saben cuidarse, de familias que de tan contenedoras se instalan a vivir la vida de sus hijos bajo la premisa de la preocupación. Y, por supuesto, conteniendo el juicio del ojo ajeno. Porque la vecina de al lado tiene siempre peso específico en las historias pueblerinas. Donde hay poco para contar, donde no pasan grandes tragedias, un detalle sexual puede ponerle color a todo. Nada va del todo bienRafael consiguió trabajo en un supermercado, Mercedes en un kiosco/librería. Mientras él no mostraba tener grandes ambiciones, Mercedes sí que soñaba con ser alguien. En su familia nadie había llegado a la universidad y a ella le hubiese encantado estudiar medicina, decía. Esas ambiciones quedaban relegadas a la esfera de lo onírico: tal como estaban las cosas era imposible pensar en trasladarse a una ciudad para estudiar esa carrera tan exigente con un hijo pequeño a cuestas. No había dinero ni tiempo.Mercedes postergó sus sueños sin muchas vueltas: “Te diría que los anulé más que postergué. No vislumbraba la salida. Además, al poco tiempo, nació mi segunda hija: Rosario. Mi vida eran pañales, mamaderas, marcadores de colores y el kiosco que ya se había convertido más en una librería/papelería a la que venían los chicos del colegio de la vuelta. Pasaba el tiempo sin espacio para fantasear con otra cosa. Era medianamente feliz, pero la maternidad no era lo único que me interesaba. Pero esto no podía hablarlo con nadie. Rafael no me hubiera entendido en esa época.
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