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Exhibían objetos de los secuestrados, ofrecían visitas guiadas y sostenían el relato de la dictadura: los “museos de la subversión”

Infobae · hace 1 h
Cuando el cineasta Francisco D’Eufemia abrió el material que le había enviado Laura Mattarollo, la responsable de la primera búsqueda de documentos, y se encontró con diez minutos de grabación de una visita guiada al “Museo de la Subversión” que funcionaba en el Regimiento de Patricios, pleno barrio porteño de Palermo, se rió: “Che, yo quiero hacer una película seria, esto no es serio, es demasiado bizarro, demasiado raro”.—Era la pandemia y estábamos pensando en un proyecto sobre operaciones psicológicas durante la dictadura. Un proyecto que trataba de ser bastante amplio y abarcar las distintas acciones que el régimen había desarrollado en esos términos. Estábamos juntando un montón de materiales diversos, materiales de archivo producidos por la dictadura, y Laura Mattarollo, que es la que se encarga de bucear y buscar, me manda un montón de cosas, entre ellas, un pedazo de esa visita guiada que se ve en la película. Mi primera reacción fue pensar “es demasiado bizarro, cómo lo pongo en contexto, cómo se explica esto”. Y también, algo muy típico de los cineastas, es que tenía una idea en la cabeza y me quise quedar con esa idea previa. Después, con el breve paso del tiempo, Fernando Krapp y Julia Straface, que participaron en montaje y guión, en la escritura y el armado de la película, entre los dos, una noche me dijeron: “Che, es por acá, por los museos”. Bizarro. Quizás sea el primer calificativo que aparece a partir de esas imágenes. Una exposición integrada por maniquíes ataviados con vestimentas que se suponían arquetípicas de los miembros de las organizaciones guerrilleras, armas —verdaderas y falsas—, libros, imprentas, organigramas, panfletos, bombas caseras, banderas. Una serie de objetos, muchos de ellos originales, robados a militantes que eran secuestrados y asesinados, y otros puestos especialmente para el montaje de las salas, componía la muestra museológica que formaba parte del dispositivo comunicacional que la dictadura militar intentó instalar en la Argentina entre 1976 y 1983. Superada esa primera impresión de extrañeza —como le sucedió al director del film—, lo que se ve en la pantalla es algo mucho más oscuro, algo que está lejos de formar parte de una parodia capusottesca, como podrían sugerir las imágenes a primer golpe de ojo.
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