Las señales han sido constantes: cuando en marzo pasado el canciller francés, Jean-Noël Barrot, dijo en una conferencia en Berlín que la Unión Europea (UE) estaba atrayendo “candidatos inesperados” a ser socios de ese bloque económico y político, y mencionó entre ellos a Canadá, muchos rieron, pero otros aplaudieron. En junio, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se refirió a ese país norteamericano como “el más europeo de los no europeos”. Posteriormente, el mes pasado, vendría la ruptura de las negociaciones entre los gobiernos del primer ministro Mark Carney y el presidente Donald Trump, lo que derivó en lo que el primero llama abiertamente un guerra comercial, mientras el segundo no ha dejado de lanzar acusaciones ofensivas –e infundadas– contra su socio del norte.