Tamariz fue el bufón que enseñó a creer en algo a una generación descreída. Mientras la nación se reinventaba a trompicones y el mundo se ponía serio, él se descojonaba de todo con su risa de flauta rotaMuere a los 83 años el mago Juan Tamariz
Lo veíamos en la pantalla pequeña de las sobremesas y las noches familiares, e inmediatamente parecía que no había nada más importante en cada programa que su baraja y su violín invisible. El mundo entero se reducía a su mesita plegable y sus naipes. Iba de lunático de verbena, de colgado entrañable que estornudaba a gritos mientras una baraja se multiplicaba en el aire. Era un buhonero feúcho en vaqueros, con mirada de pillo y maneras de feriante que aullaba a los críos como si los conociera de toda la vida: ¡Tatatachaaaaán! Hizo de la ilusión su feudo y allí se quedó a vivir junto al azar, el despiste y la risa contagiosa.
Lo mismo hacía desaparecer un pañuelo que la tristeza de un martes. Fue el regocijo continuo de ver a alguien siendo él mismo: un arlequín de la sorpresa, un excéntrico despeinado que parecía salido de un tebeo de Bruguera, un genio del chiste malo bien contado. Juan Tamariz fue un payaso sabio que supo cómo rendirse al ridículo para, al mismo tiempo, trascenderlo.
Ya de niños sospechábamos que ese histrión con el baile de San Vito que materializaba palomas de la nada tal vez fuese un genio. En eso sí que no nos engañó del todo. Quizá por ello acabó convirtiéndose en mito de aquella España en transición, ese país en desconcierto que empezaba a quitarse las legañas y encontró en él uno de sus más gratos alivios televisivos: la certeza de que alguien podía inventar una sorpresa nueva cada noche. Sorpresas mejores que las del Telediario, se entiende.
Los que saben del tema dicen que Juan Tamariz practicaba la magia “de cerca”. Y el concepto se entiende. Porque por muy brillantes, por muy admirables que fueran sus trucos a la vez tenían algo que les hacía no desentonar sobre cualquier mesa del Bar Manolo. Nos encantaba esa magia potagia de cartas en apariencia desordenada, apresurada, un poco caótica, como España misma; como un chiste de Chiquito, como el soniquete de la pandereta, como un supuesto milagro de Lourdes o la chapuza de un fontanero. Lo importante era que, más o menos, las cosas funcionasen, ¿no? Como el país...
El mago Juan Tamariz, en una imagen de archivo.
Tamariz fue el bufón que enseñó a creer en algo a una generación descreída. Mientras la nación se reinventaba a trompicones y el mundo se ponía serio, él se descojonaba de todo con su risa de flauta rota. De su baraja brotaron las esperanzas de un país de extrarradio aún dispuesto a creer que las cosas podían aparecer y desaparecer a capricho. Como el NO-DO, como la mili, como la peseta. Con su alarido de carraca y aspavientos de fantoche, Tamariz parecía decirnos: “España es un truco mal hecho, lo sé, pero dejadme entreteneros con esta baraja”. Y allí estábamos todos, mirándole hipnotizados, aplaudiendo cuando las cartas subían, bajaban, desaparecían, reaparecían, mientras en los bares se discutía de la democracia, de la inflación, de su puta madre.
Nada más alejado del prestidigitador anglosajón que él. No había esmoquin entallado ni pajarita, no había guantes blancos, no había espalda tiesa. Nada de americanas —ni americanadas— tampoco, ni lentejuelas de Las Vegas. Tamariz fue un saltimbanqui con la camisa arrugada, chaleco de vendedor de seguros y la coleta hippie de un profesor de filosofía jubilado. Un gnomo tabernario, sin pompa ni circunstancia, un juglar que convirtió el ilusionismo en vodevil, un filósofo del absurdo que no necesitó gestos solemnes porque sabía perfectamente cuanta seriedad puede haber en una carcajada.
Detrás del caricato, del miope irrisorio, hubo un artista radical que entendió que la magia mayor no radica en el conejo dentro de la chistera sino en el aliento suspendid