La IA impulsa economías de geometría variable: EEUU y China crecen con brechas de desigualdad, en forma de K
elDiario.es · hace 10 h
En los ciclos en K cohabitan sectores y hogares que recogen pingües beneficios con otros que retraen su prosperidad. La IA está distorsionando los PIB de EEUU y China, inmersos en esta trayectoria. En la potencia americana fractura a sus empresas en función de la productividad. En el gigante asiático la desigualdad surge por los cuellos de botella que impiden a su demanda interna absorber su excedente industrial¿Pánico a otro 'credit crunch'? Por qué EEUU y Japón levantan un cortafuegos para sujetar la caída del yen
La desaforada carrera competitiva por la hegemonía de la IA está reconfigurando las economías de las dos superpotencias hacia modelos más desiguales y trasladando sus variables geométricas de riqueza al resto del planeta. El crecimiento se ha distorsionado, los ciclos de negocios parecen no tener fin, pese a navegar por las turbulentas aguas de la estanflación, los mercados registran cotas de inversión y ganancias históricas bajo intensos episodios de volatilidad y elevados riesgos de correcciones y burbujas especulativas, y las rentabilidades de los bonos revelan rendimientos extraordinarios por el temor a un colapso en los pagos de las deudas soberanas.
EEUU y China muestran en sus coyunturas dos de los botones de muestra más nítidos de este fenómeno, surgido tras la gran pandemia a raíz del ciclo de negocios poscovid que se alumbró con billonarios estímulos fiscales y monetarios. Entonces, emergió la figura en K en los PIB, fruto de unas rúbricas productivas que se encaramaron de inmediato a un tren que aún mantiene una velocidad reducida, aunque de crucero.
El crecimiento (o recuperación) en forma de K ocurre cuando diferentes partes de la economía se mueven en direcciones opuestas después de una crisis. Mientras un grupo de sectores o personas prospera (el brazo superior, ascendente), el otro (el inferior) continúa empeorando.
Pero seis años después de su pistoletazo de salida, la metáfora del crecimiento en K ha adquirido un significado más profundo que la de una recuperación desigual entre sectores y hogares que remontaban el vuelo frente a los que se quedaban rezagados. Porque ha pasado de ser una mera descripción excepcional del inicio del ciclo —por el influjo de los extraordinarios despliegues presupuestarios, con tipos de interés cercanos a cero y programas de compra de deuda, tanto soberana como corporativa, a raudales— a conformar un patrón de comportamiento habitual.
Al menos, en las dos superpotencias. Aunque también, y en menor medida, en Europa. Las tres avanzan a distintos ritmos, pero bajo una resiliencia permanente, en términos agregados, que visibiliza al mismo tiempo unas industrias y empresas capaces de insertar la IA a sus cadenas de valor junto a sectores que no logran espolear su productividad. Precisamente el parámetro al que el algoritmo está llamado a catapultar.
Los expertos hablan de que, a diferencia de ciclos precedentes, el actual, en el que la IA parece haberse erigido en el Santo Grial, está protagonizando un auténtico cambio de paradigma. Con la construcción de nuevas arquitecturas productivas. Igual que ocurriera con la electricidad, el motor de combustión o internet, sus beneficios no se distribuyen de inmediato ni de una manera homogénea, sino que se concentran primero en empresas que exhiben capital, datos, talento y capacidad organizativa para transformar sus procesos. Y solo después, si el entorno institucional lo permite, esas ganancias se propagarían al resto de la economía.
Es la idea que defiende desde hace un lustro Erik Brynjolfsson, director del Digital Economy Lab de Stanford. A su juicio, la IA debe definirse como general purpose technology —una tecnología de propósito general— cuyo impacto real “depende menos de la calidad de los algoritmos que del poder de empresas e instituciones de remodelar por completo sus cadenas de valor”. En sus investigaciones detecta que los primeros estadios de esta revolución tecnológica suelen ampliar las brechas entre compañías líderes y rezagadas. “Mucho antes de que desvelen productividad agregada”, asegura.
La OCDE se une a este diagnóstico. Sus expertos auguran que la IA se convertirá en “el mayor motor de productividad en décadas”. Sin embargo, —advierten— también será un “amplificador” de brechas de eficiencia, rentabilidad e innovación entre empresas, regiones y sectores. El riesgo no reside tanto en que unas empresas “innoven más que otras”, sino que esos diferenciales “se expandan a la totalidad de sus economías”.
EEUU: la K de la productividad
El mayor PIB global (32,3 billones de dólares) sigue creciendo deprisa. Con permiso del español, al ritmo más intenso de las potencias de rentas altas. Pese a los aranceles, la polarización interna, las tensiones geopolíticas, los elevados tipos y la pérdida de fuelle del consumo se mantiene a un ritmo próximo al 2%, por encima del registro de sus so