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Y por fin una buena historia

elDiario.es · hace 4 días
La insistencia no siempre funciona y yo aprendí el inglés suficiente como para que académicamente me dejasen en paz, pero no tanto como para tener que explicarle, veinte años después, a un policía lo que me pasó la otra noche
Siempre insistió, toda la vida, la suya y la mía, mi santa madre, que tenía que aprender inglés. Porque si patatín para el futuro, porque si patatán para un buen trabajo, porque hoy en día sin inglés no eres nadie, y todos esos miedos que le meten los lobbistas de las clases particulares a las madres para intentar sacarles las perras. Claro que la insistencia no siempre funciona y yo aprendí el inglés suficiente como para que académicamente me dejasen en paz, pero no tanto como para tener que explicarle, veinte años después, a un policía lo que me pasó la otra noche.

Estuve a punto de no salir, pero acabé con mi amigo Diego bebiéndonos un cuarto de una botella de vino blanco y media botella de un licor que se llama Nobel, que entra por el gaznate como cuenco de natillas y antes de darte cuenta estás borracho como un ancestro mirando a la nada. Estábamos frente al molino de mostaza justo al lado de casa, sentados en un banco, hablando sobre lo idiota que es la gente por aquí cuando quiere y, no obstante, lo majos que son todos cuando quieren algo de ti, al menos por un rato, y sobre lo peligroso que es darle a estos muchachos del norte de Europa la mano, porque te acaban cogiendo el brazo entero.

Diego llevaba un rato haciendo aspavientos con las rodillas con nerviosismo, hasta que confesó haberse dejado el vapeador en casa y me preguntó si lo acompañaba a cogerlo. En cinco minutos estábamos plantados en una casa de dos plantas del schoolstraat del centro del pueblo compartimentada en seis o siete habitaciones y un living que abarcaba una cocina con espacio para una minimesa. Allí estaban Gigash, un chaval de Bangladesh que curraba en la cocina con Diego y Meerit, una niña de dieciséis que trabajó conmigo en el bar ese día. Eran las doce y muy poco de la noche.

Gigash nos pidió que lo acompañásemos fuera, porque quería fumarse un cigarro, y los tres lo acompañamos para seguir con la conversación en el jardín. Las noches en sitios como estos son tan tranquilas que uno se siente mal si no habla como susurrándole a los caracoles, porque de verdad que el más mínimo decibelio se puede escuchar al otro lado de la calle. La casa de la que habíamos salido, y la de al lado, pertenecen a la compañía para la que trabajamos; la mía está a apenas cien metros de allí, al otro lado del pueblo. Charlábamos sin mucha intensidad hasta que empezamos a escuchar gritos en la casa de al lado. Gritos que, de haber sido proferidos en una catedral gótica, habrían despertado a las gárgolas; gritos que, no quiero exagerar, habrían acojonado a Caronte, le habrían hecho tirar los remos y saltar de la barca.

Decidimos, casi por unanimidad, que esos gritos no eran normales, y nos lanzamos hacia la puerta, abriéndola de par en par y subiendo las escaleras de la casa. Conforme subíamos y nos acercábamos a la habitación de la que venía todo ese follón, los gritos se volvían más terroríficos; yo, creyéndome conocedor de la especie humana, decidí en ese momento estar prevenido para lo que pudiera pasar, porque esos gritos empezaban a no parecerme de este mundo.

Aporreamos la puerta. Una, y otra, y otra vez. Amenazamos con tirar la puerta abajo si no abrían en cinco segundos. Y entonces abrió Deiff.

Deiff es un chaval de diecisiete años con el que llevamos trabajando unos meses. La primera vez que le vi me pareció un retrato robot de esos pirados que entran en los institutos estadounidenses para matar a tiros a su profesor de matemáticas. Las demás veces que he coincidido con él, no he hecho más que corroborar que a veces lo más obvio es lo más razonable. No obstante, en casa le teníamos aprecio porque en mi cumpleaños nos cambió el turno para poder pasar juntos ese día, y en general siempre se había portado bien con nosotros, por lo que la sorpresa fue mayúscula cuando Deiff salió en calzoncillos y con una capucha puesta, con la mirada perdida y delante de su novia, una chiquilla minúscula a la que le sangraba el labio, y se lanzó a atacarnos a todos.

“Esto no es lo que parece”, gritó mientras lanzó un puñetazo a Diego, que no impactó en ningún sitio; y menos mal, porque aquello llega a ser lo que parecía y nos hubiera costado un disgusto. “Lo siento mucho”, decía entre llantos mientras otro puñetazo, esta vez certero, alcanzaba en la cara de Melisa, que llevaba tres días trabajando con nosotros, y la dejaba noqueada sobre la moqueta. El último puño iba a parar a mi cara, esta vez sin excusas ni disculpas, pero uno tiene los reflejos de un tigre y conseguí parar el golpe, doblarle el brazo y colocar a Deiff contra la pared.

Cuando la situación se calmó, y la mayoría de nosotros estábamos ayudando a Melisa, Deif
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