La vida en Irán al paso de la guerra: "He aprendido lo fácil que es que te borren del mundo"
elDiario.es · hace 2 días
Tras la guerra, el alto el fuego y la duda sobre el desenlace final en el estrecho de Ormuz, el pueblo iraní sigue siendo el gran perdedorLa guerra fallida de Trump en Irán cumple medio año de improvisación y objetivos incumplidos
Detrás de la guerra, del acuerdo y de la duda sobre si el estrecho de Ormuz sigue abierto, en los apartamentos de Irán pasa otra cosa: una mujer en Rasht le cuenta los bocados de comida a su gato. Otra, en Teherán, se despierta a las tres de la madrugada con el latido de su propio corazón. Un hombre en Karaj termina su jornada en una agencia de publicidad y sale de nuevo a la calle, esta vez al volante, para trabajar en una aplicación de transporte. La guerra, en la vida cotidiana de los iraníes, no ha hecho más que empezar.
La economía del país entró en crisis en cuanto Estados Unidos impuso un bloqueo naval sobre Irán, cortando buena parte de las exportaciones de petróleo y las importaciones de las que depende la vida diaria, desde medicinas hasta pienso para el ganado. El régimen saca a sus partidarios a la calle a cantar victoria, pero la vida de la gente cuenta otra historia. Todo empezó con un alto el fuego temporal que, de hecho, beneficiaba a Teherán: la guerra terminaba, el estrecho de Ormuz se reabría, caían las sanciones petroleras. El sector más radical del régimen no lo aceptó. Las amenazas y las violaciones del alto el fuego llevaron a Washington a atacar de nuevo, y el bloqueo volvió. Irán no está ni en guerra ni en paz, y esa situación puede virar en cualquier dirección; lo que ocurre dentro de las casas, sin embargo, no se va a arreglar pronto con ninguno de los dos escenarios.
La vida se ha vuelto difícil
Es de noche en Karaj y todavía hace calor. Pouya conduce despacio, pendiente de la pantalla del móvil por si aparece un próximo pasajero, conectado a Internet con los datos de su tarjeta SIM porque el wifi de su barrio lleva días fallando. Se pasa un pañuelo por la cara, una y otra vez. Tiene unos treinta años, trabaja de día en una agencia de publicidad del norte de Teherán, pero el sueldo no le llega, así que por las noches conduce su propio coche hasta tarde. El año pasado se mudó de Teherán a Karaj: el alquiler de la capital ya no le salía a cuenta. Se despide deprisa, casi disculpándose, porque acaba de entrarle un aviso y mañana, otra vez, tiene que estar en la oficina temprano.
Shabnam vive en Rasht, en un apartamento de la plaza principal. Es escritora y traductora. Daba clases en la universidad hasta que la expulsaron “por indecencia”, por hablar de un poema polémico. Cuando hablamos, baja la voz: su marido tiene un taller de escritura en la habitación de al lado y no quiere interrumpirlo. Cuenta que algunas noches todavía se oyen, desde la calle, canciones épicas que celebran la guerra.
Una mujer iraní camina con sus bolsas de la compra junto a una pancarta antiestadounidense, en Teherán, Irán, el 25 de agosto de 2026.
Maede vive en Teherán, entre paredes de un verde claro que contrasta con la inquietud de su voz. Es actriz de teatro, pero dejó los escenarios hace cinco años para decir no al hiyab obligatorio y a la censura. Está sin trabajo desde que empezó la guerra. Se despierta a las tres de la madrugada, no por explosiones —la guerra, al parecer, ya terminó en Teherán—, sino por los latidos de su propio corazón: “Como un pájaro encadenado. Tengo que quedarme quieta y calmarlo, mientras me pregunto si de verdad ha terminado la guerra.”
Tres personas, tres ciudades, un solo país al que la guerra ha derribado, no en el frente, sino dentro de sus propias casas. Los tres mencionan, sin que nadie se lo pregunte, el mismo problema: los cortes de luz, que pueden durar horas y les desbaratan la rutina entera, incluidas estas mismas llamadas.
Un golpe a la clase media
El colapso económico nunca había sido tan visible: desde el apagón de Internet que impuso el Gobierno hasta el d