'El verano es una noche eterna de verano', por Fernando Navarro
elDiario.es · hace 10 días
En esta serie, elDiario.es explora junto a cuatro escritores qué pasa en nuestras ciudades durante el mes de agosto. Tras Sergio Galarza en Madrid y Marina Perezgua en Kiev, esta semana nos quedamos con el guionista ('Segundo premio', 'Bajocero' y 'Verónica') y novelista Fernando Navarro en su ciudad natal, GranadaKiev - 'Escuchen a las sirenas', por Marina PerezaguaMadrid - 'Un verano en Moscardó', por Sergio Galarza
Finales de Junio. Te despiertas. Nada más abrir los ojos tienes la piel bañada en un sudor pegajoso. Te tambaleas por el piso. Sientes el azulejo en las plantas de los pies y no está frío. Por el suelo anda tirada la ropa. Desgarrada, rota, vieja. Igual que la deja alguien que acaba de convertirse en lobo. Más o menos igual: has mutado con el verano. Si te miraras en el espejo no te devolvería el reflejo. El azogue se abriría paso conforme sonara un cante viejo en algún lugar del barrio. Abres las ventanas y aspiras el aire turbio. Empieza la noche en la ciudad. Será una noche de tres meses. Ahora eres de una raza nocturna que no duerme y no vive, que malvive, sobrevive, resiste el verano en un planeta pequeño que ha surgido de una brecha justo al lado de otro planeta y los seres que habitan en uno no habitan el otro ni se cruzan ni se conocen. Se verán si acaso de refilón, el rabillo del ojo y con desdén, ahí van esos.
Está claro.
No vas a dormir en todo el puto verano. Ya no hay días. Se acabaron los días.
La ciudad, te dicen te imaginas supones, se llena de guiris en sandalias porque solo los guiris llevan sandalias en ciudades que están lejos del mar, ciudades contaminadas en suelos fermentados por la fruta abandonada y la basura, pasto de las ratas y ojo con las ratas porque las ratas son hermanas, ellas buscan comida por las calles, se esconden de la luz y tú solo buscas beber algo y seguir en la tiniebla todo el tiempo que puedas.
Hermana rata, muerde a los guiris con sandalias y vuelve a la oscuridad.
Así que vale, tomas algo en una terraza y has renunciado a dormir, no pasa nada, ya dormirás cuando no se peguen las sábanas al cuerpo como un sudario, cuando vuelva a reinar la nieve en la sierra, como un Dios majestuoso que nos gobierna, cuando se vayan los guiris y piensas, claro, los guiris no piensan irse, han venido para quedarse, la ciudad ahora es más suya que del dios blanco de la montaña y han venido para quedarse y comprar todas esas casas y al final el país siempre tiene dueños y al final a los guiris les da todo igual, les da igual que durante el día alguien haya detonado una bomba nuclear y el cielo se llene de neutrones peligrosos y llevarán sandalias aunque la playa más cercana esté a varias horas o a varios días.
Un bocata y luego otro. Los viejos juegan a las tragaperras, las narices rojas de soplar, y los reconoces de tu raza nocturna peligrosa porque se acicalan solo cuando el sol se ha ocultado y quizá duerman borrachos de vermú o manzanilla y al tercer bocata, hala, te lanzas a la calle y alguien dice de coger un coche y conducir lejos, porque hay fiestas patronales en no sé dónde, en pueblitos de la costa o incluso más lejos y tú no le ves la gracia y no lo dices porque siempre dices que no le ves la gracia a cosas que los demás piensan que tienen mucha gracia y quieres dejar en paz a esa gente en sus pueblos y no ser más extranjero que del sol, del sueño y de ti mismo.
Y ahí estás en esa terraza que no es que te guste mucho pero a la que vas porque está en frente de una iglesia pintada de colores ocre que siempre te ha parecido extraña. Allí recuerdas otros veranos más cortos en los que en esa terraza estabas tú y otros como tú y nadie más. Ahora hay gente que hace fotos a cosas que no son para hacerle fotos y siguen las cañas y alguien dice que si vamos a ver a los Lagartija ensayar que van a estar de bolos todo el verano. Tienes ganas de ir a verlos y escucharlos y al final no sabes cómo o cuándo ha pasado y unos han cogido el coche y han tirado para la playa. La noche dura ya treinta días.
Entonces el plan es subir al Albaizín porque en verano hay flamenco bueno y barato en alguna parte. Cómo vea allí arriba a alguno de los de las sandalias de la plaga contaminante americana me largo y no vuelvo, lo prometo. Y para arriba que vamos, venga. Sigue haciendo calor, joder se me pega la ropa al cuerpo por más fina que sea la tela y ves un rato de flamenco, unos tangos, una soleá, unas alegrías y venga esos fandangos de Huelva. Al bajar de vuelta por esas cuestas mientras flotas sobre loscos, en esos recovecos que tiene el mes de julio, en los callejones y las esquinas llenas de pintadas piensas que el verano no está tan mal porque se puede vivir siempre de noche y sin dormir. Y sabes que por mucho que hablen de ella, te llegan rumores, palabras, no existe ya la luz del sol.
Te preguntas cuándo llegará agosto y al final mientras comes un