Al no plantear siquiera la medida, el Gobierno concede la premisa de que trasladar migrantes a la península es en sí mismo inadmisible. El Gobierno parece hipotecado por las iniciales y rápidas declaraciones de varios ministros diciendo que todos los inmigrantes serían devueltos. La realidad es más compleja
Ceuta tiene unos 84.000 habitantes y unas capacidades de acogida muy limitadas. Por eso la permanencia prolongada de varios miles de personas sin recursos, y que por lo tanto deambulan de un lado hacia otro buscándose la vida, ha alterado profundamente el funcionamiento cotidiano de la ciudad. Algunos lo expresan directamente en términos racistas, y parece molestarles sobre todo que la mayoría sean magrebíes y musulmanes, pero el conjunto de la población lo está experimentando como un fenómeno de saturación y congestión. Son dos fenómenos que se mezclan interesadamente, pero que son distintos. Y lo más importante es reconocer que Ceuta no tiene capacidad de absorción suficiente como para que la vida vuelva a la normalidad. Y, sin normalidad, la gente se frustra y se hace más sensible ante los discursos incendiarios.
Por eso, aunque nos disguste y duela, es innegable que el Gobierno ha llegado tarde. Más allá del debate sobre la causa de la entrada de miles de personas por la frontera, aspecto en el que el Gobierno sigue empeñado en proteger a Marruecos, está el debate sobre la gestión de esta saturación y congestión. La falta de soluciones prácticas y la lentitud en desplegar incluso el apoyo más básico, dejando por semanas que los inmigrantes se hacinaran en asentamientos improvisados, ha desconcertado no solo a los ceutíes sino a toda la población.
Eso sí, no existen soluciones mágicas, es decir, rápidas y que al mismo tiempo sean legales y decentes. Porque devolver de manera inmediata a todos los entrantes es tan inhumano como ilegal, aunque entre los discursos de la extrema derecha esta sea la propuesta estrella. Al fin y al cabo, si para ellos, como dijo el diputado de Vox José María Figaredo, el objetivo a perseguir en los primeros compases era cazar inmigrantes, uno tiene que deducir que ahora su objetivo es poco menos que tirarlos al mar. Esos discursos carecen de base legal, y ya han sido denunciados por incitación al odio, pero van calando entre una sociedad que ha comprado el marco de inmigración como amenaza (con la ayuda de un vocabulario muy extendido entre medios convencionales: invasión, ataque, asalto…). De ahí derivamos un problema sociológico y político importante, que nos costará caro, pero no una solución práctica y legal.
En realidad, lo único que puede hacerse al respecto es acelerar los procedimientos que marca la ley para registrar a los inmigrantes y evaluar sus casos individualmente. Este es un proceso que requiere apoyo logístico y personal suplementario para poder realizarse, lo que necesariamente es lento y exige que, mientras tanto, los inmigrantes estén en las mejores condiciones posibles. Hoy, habiendo transcurrido más de un mes desde el inicio de la crisis, todavía hay miles de personas no integradas en este sistema y que, por lo tanto, permanecen varadas en las calles de Ceuta. Pero incluso cuando ya estén todas las personas listadas y bien atendidas, seguirán permaneciendo en la ciudad y alterando la normalidad de los ceutíes. El riesgo es que entonces Ceuta se convierta en Lesbos, es decir, un territorio fronterizo transmutado de facto en sala de espera permanente de un problema que corresponde gestionar al conjunto del Estado y de la Unión Europea.
No sorprenderá a nadie que todo esto sea una bomba de relojería, de esas que se convierten en estupendas oportunidades para el crecimiento de una extrema derecha deseosa de lanzar cualquier cosa a la cara de este gobierno. Habiendo convertido la inmigración en un fenómeno criminalizado y deshumanizado, la extrema derecha, y la derecha tradicional por imitación competitiva, explotan la frustración ciudadana tanto como pueden. Pero cuando se juntan miles de personas, muchas de ellas desesperadas por recibir incluso comida, los altercados pueden producirse. Y solo hace falta un poco de mala suerte para que uno de esos altercados encienda una mecha de consecuencias impredecibles. Ya hemos visto a grupos ultras yendo a quemar los asentamientos de los inmigrantes, expandiendo así el lenguaje práctico de la extrema derecha. Qué no puede pasar si uno de esos hipotéticos altercados se convierte en la simbología que la extrema derecha necesita para darle una falsa ilusión de verosimilitud a sus narrativas xenófobas. Me temo que no estamos tan lejos de un escenario así.
Paradójicamente resulta que desactivar esta bomba de relojería es relativamente fácil, al menos técnicamente. Se trataría de obrar como se ha hecho otras veces, es decir, repartiendo el volumen de inmigrantes por toda la península y, en consecuencia, mostrando una solidaridad efectiva con Ceuta