Cuando a comienzos del XX la competencia entre países se recrudeció y contribuyó a crear las condiciones que desembocaron en las dos guerras mundiales, Beckert sugiere que las reacciones defensivas de países como Francia o Alemania estuvieron motivadas por el miedo a una potencia en ascenso, Estados UnidosAlberto Garzón: “El sistema nos oprime hasta tal punto que captura nuestro tiempo”
Esta semana se publica en español el monumental libro de Sven Beckert, Capitalismo: una historia global (Crítica). Son más de 1.000 páginas con una descripción exhaustiva de la trayectoria histórica del capitalismo, escoltadas por más de trescientas páginas adicionales de bibliografía y notas. No abundan las obras tan documentadas y, a pesar de ello, también amenas en su redacción; se encuentra en el equilibrio idóneo entre el profundo conocimiento del académico y el ánimo divulgador que sale de las torres de marfil de las universidades para llegar al gran público. El libro fue publicado en inglés a finales del año pasado, recibiendo una entusiasta acogida que reconocía, ante todo, la capacidad de Beckert para sintetizar el vastísimo conocimiento acumulado sobre la historia del capitalismo.
Ahora bien, también ha recibido críticas por el enfoque general de la obra, por la aproximación respecto a diversos asuntos y por ciertas ausencias o insuficiencias. Pero claro, cuando alguien se propone escribir nada más y nada menos que la historia del capitalismo, y además remontándose a procesos que tuvieron lugar hace mil años, supongo que damos por hecho que resulta imposible contentar a todo el mundo. No existe, ni puede existir, tal cosa como una obra perfecta. Pero una cosa está clara: Capitalismo es ya un texto de referencia imprescindible para quien quiera saber de dónde venimos y además desee disponer de herramientas con las que comprender mejor hacia dónde nos dirigimos.
El motor de la transformación
En Capitalismo, debemos pensar el capital como una especie de virus, cuya primera fotografía se captura en el siglo XII en Adén, en la actual Yemen. Allí está documentada la existencia de prácticas de maximización del beneficio por parte de un grupo notable de mercaderes, es decir, de personas que obtenían dinero gracias al comercio de bienes. Aunque se trataba de una sociedad fundamentalmente agraria y tributaria, que estaba regida por normas y costumbres sociales, la actividad de estos mercaderes estaba marcada por una lógica totalmente distinta. Esa lógica es la que justifica que se considere el caso de Adén como una “isla del capital”, una simiente de lo que estaba por venir.
Recalca Beckert que Adén no fue la cuna del capitalismo, pero sí la prueba de que existían ya capitalistas en tiempos pretéritos. Y como allí, también en otros lugares del planeta donde los capitalistas eran elementos marginales dentro de sociedades no capitalistas. Desde esta perspectiva, el capitalismo se fue gestando progresivamente en la interrelación entre esas islas del capital, en un proceso que contaminaba con su lógica a otros espacios del mundo y, al final, ha llegado a infectar el mundo entero. Si hoy casi todo a nuestro alrededor es una mercancía, y consecuentemente tiene un precio —incluyéndonos a nosotros mismos como fuerza de trabajo— todo ello comenzó en esas islas del capital.
Así, aquellos mercaderes encarnaban las prácticas que hoy conocemos como capitalistas, y que poco a poco fueron invadiendo no solo otras regiones del planeta sino también otros espacios de la vida económica y social. A medida que los mercaderes se relacionaban entre sí en el comercio a larga distancia, fueron constituyéndose archipiélagos del capital y sus posiciones ganaron fuerza. En un continuo despliegue y expansión, fueron colonizando la vida humana al tiempo que generaban resistencias entre las gentes comunes y las élites tradicionales, celosas de la riqueza creciente de los mercaderes. Esas resistencias y otros obstáculos podían ser superados mediante el establecimiento de alianzas con y dentro del Estado, lo que la mayoría de las veces quería decir la fuerza y la guerra. En Capitalismo, en efecto, el Estado es un actor central sin el cual no puede entenderse ni el origen ni el triunfo de la lógica del capital y de sus actores habituales, como las empresas privadas.
Además de las resistencias políticas, en Capitalismo también hay límites ecológicos que los mercaderes buscan superar. Se trata de la escasez relativa de recursos naturales, y que es responsable de lo que Beckert llama “fronteras de mercancías”, es decir, una forma de designar al proceso por el cual el agotamiento de un recurso —un bosque, un suelo, una población a la que esclavizar— provoca un desplazamiento de la actividad hacia otro lugar donde poder seguir explotando nuevos recursos. Así, el movimiento del capital se caracteriza por el aterrizaje en un territorio, la mercantilización de los recursos que requiere el capit