Santiago Alba Rico: "Israel es la supervivencia de la peor Europa en Oriente Medio”
elDiario.es · hace 17 días
El filósofo publica 'Gaza y el destino del mundo', un ensayo en el que reflexiona sobre el punto de no retorno que implica el genocidio y lo que revela de nosotros como sociedad El último Rincón de pensar - Bernat Castany, filósofo: “El humor rompe cualquier jerarquía y nos iguala a todos”
En un país que no va sobrado de pensadores, Santiago Alba Rico (Madrid, 1960) se ha convertido en un referente para la izquierda, y ojalá no solo para ella. Su voz tímida, casi susurrante, se abre paso en artículos y libros que ayudan a combatir el griterío de parlamentos y tertulias. Su último ensayo, Gaza y el destino del mundo (Arpa), nos sitúa ante un espejo incómodo, el de la doble moral de Occidente.
“Israel es obra del antisemitismo europeo y en ese sentido, no debería haber existido. La fundación de Israel es injusta en todos los sentidos”, denuncia Alba Rico. Considera que la solución de los dos estados ya no es posible. Defiende que los propios israelíes, junto con los europeos, son los que tienen que des-sionizar Israel. “Entonces podrán plantearse cosas como las que decía Martin Buber: un estado binacional o un solo estado democrático en el que sea posible establecer unas reglas de juego compartidas”, añade.
Mientras, el filósofo se niega a caer en el pesimismo. No porque falten motivos sino porque si los palestinos resisten, pese a todo, a no tener nada, hay que aguantar y seguir denunciando el genocidio del que son víctimas. Alba Rico nos obliga a pensar sobre ese mundo que Gaza ha marcado como punto de no retorno civilizatorio y, también con las imágenes de Ceuta en la retina, lanza esta advertencia: “Estamos en un momento de la historia en el que uno puede creerse bueno mientras participa en un linchamiento”.
El arranque del libro es sorprendente porque se retrotrae a dos aspectos de la infancia: la diurna, que, por resumirlo, sería más la del juego, y la nocturna, que podría ser más la del miedo. Y a partir de ahí las vincula a algunas dinámicas del poder. ¿Cómo se le ocurrió?
Es una analogía que está presente en mi cabeza desde hace ya algún tiempo. Como lector de Freud creo que era casi inevitable plantearlo así. Pero quizá también tiene que ver con la percepción de los últimos años, en un contexto de descomposición de las democracias y de expansión del autoritarismo. El proyecto de la Ilustración ha fracasado claramente.
Kant decía que la Ilustración era la humanidad que alcanza la mayoría de edad. Durante dos siglos hemos creído, a ratos, que había sido así, pero en los últimos años vemos que no. Nunca hemos llegado a ser mayores de edad del todo. Seguimos como en un patio de colegio en el que los más fuertes, los que menos se atienen a los principios pactados por todos, son los que finalmente se apoderan de territorios, de las vidas de los demás y deciden, en definitiva, quién merece vivir y quién no.
Eso que yo llamo la infancia diurna, que es la del juego, en un momento determinado se convierte en hipocresía. Hemos seguido jugando a los valores morales, a la democracia, a la división de poderes. Lo que ha ocurrido es que se ha venido abajo ese aparato lúdico, más o menos pactado, en el que todos, hipócritamente, nos guiábamos por ciertos principios en los que quizá no creíamos, pero que nos defendían del niño nocturno. Y ese niño nocturno se ha apoderado del patio del colegio.
En ese patio incluso los juegos infantiles tienen reglas. Trasladado al comportamiento de dirigentes como Trump y Netanyahu, ¿el resumen sería que ellos no respetan ninguna regla?
Exactamente. Es una idea que recojo de Chesterton, de ese libro maravilloso que es Ortodoxia, en el que explica la obsesión que tienen los niños por las reglas. Pueden inventar las reglas, pero lo importante es seguirlas. Recuerdo en el libro una frase de un libreto de Wagner, Los maestros cantores de Núremberg, en la que dice: “Cread vuestras propias reglas, pero seguidlas”.
Hay algo siempre tranquilizador en las reglas. Incluso, si se quiere, en las mafias que tienen, o han tenido durante algún tiempo, reglas internas que había que respetar. Y los niños están obsesionados con ellas: quieren a toda costa que se cumplan.
Ese niño diurno que juega con reglas inventadas, pero en todo caso rígidas y de obligado cumplimiento, se convierte en un hipócrita civilizado, diría Freud. En El malestar en la cultura, la civilización sirve fundamentalmente para reprimir al niño nocturno. Y ese niño nocturno ha quedado liberado, desencadenado. No cumplir las reglas tiene en estos momentos muchas ventajas en términos de poder, de ganancia, de beneficio capitalista, de beneficio imperialista y de protección de los propios intereses.
En uno de los capítulos se hace una pregunta: ¿qué es Gaza? Y una de las conclusiones destacables sería que es mucho más que un territorio físico con una historia milenaria.