¿Quién está 'robando' el agua de Bali? Cómo el turismo seca los acuíferos que riegan los arrozales
elDiario.es · hace 13 días
El consumo promedio de agua por turista y día oscila entre 2.000 y 4.000 litros. Ahí se incluye lo que requiere mantener las piscinas, los jardines, la lavandería y el funcionamiento normal del hotel. Para el balinés promedio, el cálculo es de entre 30 y 50 litros por díaEl turismo consume uno de cada cuatro litros de agua en Illes Balears
Agachado al borde de un bancal de arroz, I Putu Partayasa hunde sus dedos en la tierra, de donde salen secos. Sus cultivos tienen agua. Los de su vecino, no. “En la estación seca tenemos un problema grande”, dice. “Hace quince años, teníamos agua todos los días, pero ahora hay cada vez menos”.
Conocido como Parta, I Putu Partayasa (52) tiene suerte de que su parcela esté a suficiente altura como para seguir recibiendo su parte del sistema de riego. Parta cree saber adónde va a parar el resto del agua. “Las empresas nos quitan el agua y la llevan a las zonas turísticas”, dice señalando las terrazas de más abajo, un mosaico verde y marrón que antes era todo verde. “El bosque se está empequeñeciendo y los manantiales se están secando”, añade.
“Antes bebíamos del río, ahora compramos botellas de plástico”, dice Parta, que gana en torno a 1,5 millones de rupias indonesias al mes [unos 72,5 euros] y lleva toda la vida cultivando esta tierra. Él pertenece a un subak, como se llaman en Bali a las cooperativas de reparto de agua que rigen el riego desde el siglo IX. Un poco asamblea de templo, un poco gremio agrícola, y un poco filosofía de vida, los subak organizan las reuniones de sus miembros en el patio del templo, donde se decide cuándo fluirá el agua, quién la recibirá y en qué orden.
Haciendo ofrendas a Dewi Danu, la diosa del agua, los miembros del subak no consideran el agua como un recurso, sino como un regalo que debe ser compartido. Un sistema que en 2012 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por La Unesco y que lleva más de 1.000 años vinculando los manantiales a los campos y a las familias.
Pero esa cadena se está rompiendo. Según la agencia nacional de tierras de Bali, en los últimos cinco años la isla ha perdido más de 6.500 hectáreas de arrozales, lo que implica un descenso superior al 9%. En 2018, el Transnational Institute estimó que Bali había perdido en los veinticinco años anteriores casi una cuarta parte de sus tierras agrícolas, mientras el turismo crecía en un 330%.
El bosque se está empequeñeciendo y los manantiales se están secando
I Putu Partayasa
Además de fuente de ingresos, los arrozales funcionan como infraestructuras hídricas frenando escorrentías, almacenando aguas y recargando los acuíferos subyacentes. Una función que se pierde para siempre cuando los sellan con hormigón. Muchos de los vecinos de Parta ya han vendido sus tierras, y sus hijos no tienen ningún interés en dedicarse a la agricultura.
“¿Habrá agua hoy?”
Treinta kilómetros al sur, la historia se repite a un ritmo todavía más acelerado. El atajo de Canggu es un camino abierto entre arrozales con la anchura justa para un coche. Colapsado por cientos de motos en los dos sentidos, por él transitan los trabajadores del sector turístico balinés, los nómadas digitales con sus portátiles, los influencers con sus pantalones de yoga, y los entusiastas del fitness en busca de gimnasios con pádel, piscinas infinitas y baños de hielo. Los arrozales que predominaban en la zona hasta hace poco se han transformado en hormigón, restaurantes, espacios de coworking y salones de tatuajes.
En 2024 pasaron por Bali más de 16 millones de turistas, cuatro veces su población permanente. Aunque el turismo represente una parte importante de la economía insular, los visitantes no solo han cambiado el paisaje urbano. También han afectado a la relación de la isla con el agua: más del 65% del agua dulce de Bali se destina al turismo.
Según una investigación que la Fundación IDEP desarrolló junto a hidrólogos de Bali, la extracción de aguas subterráneas ha dejado los acuíferos de la isla en niveles insostenibles para muchas zonas del sur, donde se concentran la mayor parte de los desarrollos inmobiliarios.
Los pozos costeros se vuelven salobres a medida que el agua de mar ocupa el vacío dejado por el agua dulce en los acuíferos sobreexplotados. La Fundación IDEP, que trabaja en Bali por el bienestar de las comunidades y el desarrollo sostenible, denunció la crisis hídrica desde el año 2018. Desde entonces, han detectado agua de mar en al menos seis de los nueve distritos de la isla.
Kadek Siska (35) y su madre comienzan muchas mañanas con la misma pregunta: ¿habrá agua hoy? “Antes, la gente de aquí ofrecía tierras gratis a otros balineses y estos no las aceptaban, porque todo el mundo sabía que no había agua”, explica Kadek.