Me he dado cuenta de que ya no me apetece jugar con mi hijo: confesiones de una madre que se siente incapaz
elDiario.es · hace 3 días
He negociado partidas de cartas a cambio de no tener que coger un muñeco. He preferido hacer un puzle, construir un Lego, cualquier actividad que tuviera unas instrucciones, un principio y, sobre todo, un finalSí, es normal que te aburras con tus hijos: por qué liberarse de la culpa de no disfrutar siempre la crianza
“No quiero jugar contigo”. Se lo he dicho muchas veces, aunque seguramente nunca con esas palabras. Le he dicho “ahora voy”, “déjame terminar esto”, “espera, que estoy trabajando” o “¿por qué no mejor me ayudas a cocinar, que tenemos que hacer la cena?”. He negociado partidas de cartas a cambio de no tener que coger un muñeco. He preferido hacer un puzle, construir un Lego, cualquier actividad que tuviera unas instrucciones, un principio y, sobre todo, un final.
Lo que nunca me ha gustado es que me pongan en las manos un señor de plástico y me digan que se llama Juan, que esta es su casa y que ahora tenemos que imaginar qué le pasa. No sé qué hacer con Juan. Y cuando, después de esforzarme, consigo que diga algo, mi hijo me corrige: eso es algo que Juan jamás diría. Pocas cosas me hacen sentir tan vieja como no saber qué decir con un muñeco que acaba de inventar un niño de siete años. Pensaba que sencillamente no me gustaba jugar, pero empiezo a sospechar que lo que me pasa es que he olvidado cómo se hacía.
Yo también supe jugar. Podía pasar una tarde entera montando un pueblo con construcciones, pinipones y muñecos de goma de las series de dibujos animados que veía. Había una plaza mayor, casas, calles, familias. Inventaba parentescos, amoríos, jerarquías y argumentos con una facilidad pasmosa. Una cosa llevaba a la otra y las horas pasaban sin pesar. En el colegio, ni siquiera nos hacían falta juguetes. El patio y sus terrazas ajardinadas eran un edificio entero de vecinas con sus plantas, sus cocinas, sus cuartos de estar, sus bañeras, sus dormitorios. No estaban dibujados en ninguna parte; si acaso, un palo en la tierra levantaba un tabique imaginario, pero nosotras sabíamos perfectamente dónde terminaba una habitación y empezaba la siguiente. Desde fuera, las mujeres que vigilaban los recreos solo debían ver a unas niñas dando vueltas por un patio de colegio. Nosotras veíamos nuestras casas futuras.
No me refiero a ser una madre más entregada, ni a organizar los mejores planes; me refiero a que me entren las ganas de sentarme en el suelo y meterme, de verdad, en una historia que no existe
Tengo una buena amiga a la que envidio mucho porque nunca ha dejado de jugar. Cuando nos conocimos, acabábamos de cumplir veinte años. El salón de su casa estaba lleno de juegos de mesa y, con otros vecinos, jugaban al ping-pong en la mesa del patio común todas las semanas. Ahora tiene un hijo de ocho años y juega con él a diario sin que parezca costarle un esfuerzo; es más, hasta parece pasárselo bien: inventan cosas, se disfrazan, van al parque, convierten cualquier tarde en otra cosa. Me gusta mucho ir a su casa y que juguemos todos juntos, porque así pienso que mi hijo recordará que yo también jugaba con él. A mí me encantaría parecerme un poco más a ella. No me refiero a ser una madre más entregada, ni a organizar los mejores planes, ni a preparar una aventura increíble cada viernes a la salida del cole; me refiero a que me entren las ganas de sentarme en el suelo y meterme, de verdad, en una historia que no existe.
No aspiro a ello porque algunos días me conformo solo con respirar.
Y entonces, la consola. Hace tiempo que no echamos una partida de tenis, de golf o de voleibol. No juego con mi hijo a la consola: ella juega con él por mí. Me ha sustituido muchas tardes con una eficacia admirable. Él tiene algo que hacer, se divierte, y yo puedo terminar de trabajar, poner la lavadora o leer un ratito sin que nadie necesite nada de mí. No voy a ser hipócrita: hay días en los que doy gracias porque exista. Podría convertir esto en una discusión sobre el uso de las pantallas, calcular cuánto tiempo pasa delante de ellas o preguntarme si debería estar haciendo algo más creativo con su tiempo —y flagelarme por ello—, pero sería hacer trampa. Muchas veces soy yo la que necesita que la maquinita esté ahí, con él.
No juego con mi hijo a la consola: ella juega con él por mí. Me ha sustituido muchas tardes con una eficacia admirable. Él tiene algo que hacer, se divierte, y yo puedo terminar de trabajar, poner la lavadora o leer un ratito sin que nadie necesite nada de mí
No quiero construir ahora un relato de su infancia que me convierta en una madre agotada que no tuvo elección; claro que la tuve, muchas veces. Podría haber cerrado el ordenador. Podríamos haber cenado más tarde. Podría haber cogido a Juan e inventado una voz para él, pero la mayoría de las veces estaba tan cansada que imaginar la vida de un muñeco me parecía una exigencia desproporci