Linchamientos y guerras culturales en el caso de Jason Arday
elDiario.es · hace 12 días
Los ataques en las guerras culturales tienen más violencia verbal que real, más teatro que sangre. Eso permite que los ataques sean intensos y personales. Sin misericordia. Pero con el profesor británico Jason Arday se llegó hasta el final y el escándalo acabó con su suicidio
Encontrar la expresión 'guerra cultural' se ha convertido en una tarea sencilla en los periódicos y declaraciones de políticos en Europa y EEUU. En algunos países, se ha convertido en un elemento más de la confrontación diaria. Hay políticos en España que lo intentan de forma reiterada, no siempre con éxito. Aparentemente, es una guerra con más violencia verbal que real, con más teatro que sangre. Eso permite que los ataques sean intensos y personales. Sin misericordia.
El precio de esa tendencia en su versión más brutal se ha hecho presente este mes en Reino Unido. Jason Arday, de 41 años, recibió una oleada de acusaciones de plagio –algunas fundamentadas, otras no– y fue presentado contra su voluntad como un símbolo de algo que había que destruir. Pagó por sus pecados y los de la Universidad de Cambridge y de los que piden mayor diversidad en las grandes instituciones educativas británicas. Dimitió de su puesto de profesor, pero eso no alivió la presión. Apareció muerto en su casa. Aunque aún no hay confirmación por la investigación policial, todo el mundo dio por hecho que se había suicidado.
Con 37 años, había sido elegido profesor de Sociología de la Educación con plaza fija, una posición no muy diferente a la de un catedrático en España. Su nombramiento, por unanimidad en una comisión que entrevistó a varios candidatos, fue celebrado como un triunfo del empeño de Cambridge por aumentar el número de profesores de minorías. Era el profesor negro más joven elegido en los 800 años de historia de la universidad. Su historia de superación personal –en su infancia le diagnosticaron autismo y prácticamente no pronunció una palabra hasta los once años– recibió una gran atención y cobertura en los medios.
Todo comenzó a torcerse cuando recibió acusaciones de plagio por su tesis doctoral. La persona que las hizo contaba con un historial de opiniones racistas sobre la inferioridad de los negros que habían hecho que perdiera su empleo de investigador postdoctoral en Cambridge. Aun así, las similitudes existían en algunos casos. La universidad de Liverpool que le concedió el doctorado llegó a la conclusión de que se trataba errores de no atribución que no son raros en las tesis. De todas formas, había otras acusaciones por el mismo motivo en relación a sus artículos en publicaciones científicas.
Este tipo de denuncias no son insólitas en las universidades británicas, ni siquiera en las mejores, y no siempre acaban bien para la persona señalada. Se arriesgan a perder su empleo y reputación, lo que no es poco, pero en muchos casos ni eso.
Con Arday fue diferente. No se acusaba simplemente a una persona concreta. Aparecía como un emblema de las políticas que se resumen en las iniciales DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión. Diversity, Equity, and Inclusion) que la derecha norteamericana califica de intento de subvertir la meritocracia que debería regir un centro universitario. Como se puede imaginar, es uno de los campos de batalla habituales en las guerras culturales. La Administración de Donald Trump ha adoptado como misión acabar con todos los programas de diversidad existentes en las empresas y universidades.
La idea de meritocracia aparecía de forma reiterada en la prensa. No es un principio al que haya que oponerse en principio. Pero sostener que siempre existió en el pasado es algo que está fuera de la realidad. Mary Beard, historiadora experta en la Roma, afirma lo contrario y es porque conoce muy bien quiénes eran los profesores y los alumnos tiempo atrás. Por eso, recordó que a mediados de los setenta, cuando ella era estudiante, sólo había un 10% de mujeres matriculadas en los 'colleges' de Oxford y Cambridge: “Cambridge no me parecía muy meritocrática y ciertamente no lo era”.
La cobertura periodística fue la que encabezó la ofensiva contra Arday. Varios diarios publicaron decenas de artículos sobre el caso, encabezados por The Times (59 artículos), Daily Mail (42) y Telegraph (39). Nadie puede discutir que una acusación de plagio es un asunto lo bastante grave como para justificar una investigación periodística. En España, El País publicó varios artículos en 2024 sobre las prácticas fraudulentas del rector de la Universidad de Salamanca, Juan Manuel Corchado. Un informe del Comité Español de Ética de la Investigación certificó la “manipulación deliberada” y “sistemática” de su currículum académico. A pesar de esa “manipulación deliberada”, Corchado continúa siendo hoy rector de su universidad. No es difícil encontrar casos parecidos en Europa y EEUU.
En total, se publicaron 249 artículos sobre el caso de Arday en 22 d