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La "horrible experiencia" de hacerse adulto o cómo los jóvenes lidian con la incertidumbre

elDiario.es · hace 17 días
Juventud y precariedad siempre han ido de la mano, pero el problema, según los expertos, empeora cuando se dilata la etapa vital Cuando tienes la sensación de “ir tarde en la vida”: no tener piso o hijos a los 35 no es culpa tuya

Si el esfuerzo bastara, Miriam y Belén vivirían de la interpretación, Simón sería periodista y Lali, ilustradora. Pero Miriam da clases de teatro en una escuela concertada, Belén trabaja puntualmente en las barras de un espacio para eventos y conciertos, Simón lleva un año firmando contratos de un mes y Lali trabaja de barista para llegar a fin de mes.

Conscientes de que sus carreras no son las que más salidas laborales ofrecen, Miriam, Belén, Simon y Lali son un ejemplo extremo de algo que atraviesa a toda su generación, tengan trabajos “rentables” o no. En pleno periodo vacacional, cuando las redes se llenan de imágenes de escapadas y momentos de desconexión, la mayoría de ellos saben poco o nada de desconectar: la inestabilidad no entiende de temporada baja.

La precariedad juvenil no es nueva. Lo que ha cambiado es su naturaleza. Ya no es una fase de tránsito hacia la adultez: es la condición estructural por defecto. La generación que hoy tiene entre 25 y 34 años ha atravesado una crisis tras otra sin margen de recuperación entre medias: desde la Gran Recesión de 2008 pasando por los recortes posteriores por políticas de austeridad, una pandemia a una crisis inflacionaria que disparó la cesta de la compra sin que los salarios la siguieran para, finalmente, llegar a la actual crisis de vivienda.

El informe Habitar la incertidumbre: vivienda, juventud y malestar estructural (Oxfam Intermón, CJE y Fad Juventud, 2026) pone números a esa fractura. La emancipación se ha vuelto un privilegio minoritario: apenas uno de cada siete menores de 30 años ha logrado salir del hogar familiar, y quienes lo consiguen lo hacen como inquilinos. Un giro completo respecto a 2007, cuando la mayoría de los emancipados tenía casa propia.

Miriam Bartés estudió arte dramático e interpretación, luego un posgrado en teatro y acción social. No fue hasta que terminó un máster en gestión cultural cuando se le abrió la puerta a su trabajo actual: maestra de teatro y proyectos comunitarios en una escuela concertada, con niños de 0 a 16 años. No es lo que soñaba, pero al menos se mueve cerca. “Sentí frustración cuando me di cuenta de que la carrera que había estudiado no servía absolutamente para nada. Tener un currículum de arte dramático es lo mismo que tener un papel firmado con plastidecor”, afirma. Antes de esta relativa estabilidad fue camarera, animadora de fiestas, monitora de comedor, profesora de extraescolares, pastelera, cajera, canguro, actriz y panadera.

Javier Muñoz, responsable del área socioeconómica del Consejo de la Juventud de España (CJE), lo tiene claro: la diferencia entre los jóvenes de 2008 y los de ahora es material. “Para las personas jóvenes que ahora acceden a un trabajo, éste no es suficiente para acceder a una vivienda. Después de 2008, el problema era conseguir un trabajo, pero una vez se accedía a él, los jóvenes podían acceder a una vivienda”.





Los jóvenes no tienen por qué aguantarse con la precariedad, tienen el mismo derecho a acceder a una vivienda y a un trabajo digno. Y si posponemos la precariedad a una persona joven, parece que el problema se va a solucionar con el tiempo, y no es así

Javier Muñoz
— CJE




Natalia Castro Picón, investigadora cultural y autora de La fiesta del fin del mundo (Anagrama, 2025), llega al mismo sitio por otro camino: “La crisis económica ya no aparece como falta de trabajo, sino como pobreza estructural de la clase trabajadora que, de hecho, trabaja: la imposibilidad de acceder a una vivienda. Los problemas son parecidos”.

Por eso, insiste Muñoz, hace falta poner un límite a la juventud, que el CJE sitúa en los 30 años. “Los jóvenes no tienen por qué aguantarse con la precariedad, tienen el mismo derecho a acceder a una vivienda y a un trabajo digno. Y si posponemos la precariedad a una persona joven, parece que el problema se va a solucionar con el tiempo, y no es así”.

Simón (26 años) es un periodista argentino instalado en Madrid. Actualmente, trabaja en el área de base de datos de una empresa de salud. “Hace un año que la misma empresa me hace contratos de mes, mes y medio o dos meses como máximo”, explica. El último contrato es de cinco semanas y lo firmó casi diez días después de empezar a trabajar. El año pasado cubrió una baja que le renovaban mes a mes. Entre medias, se presentó al proceso de selección para el puesto fijo, “pero se lo dieron a un externo”, lamenta, y “ahí me sentí totalmente destratado”.





No sé definir en palabras lo que me generaba la ince
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