La hiperprotección hacia los hijos crea adolescentes y adultos caprichosos e inmaduros
ABC España — Sucesos · hace 1 días
Llevo años sentada frente a padres que llegan a consulta agotados por exceso de amor. Han organizado la vida de sus hijos hasta el último detalle: la agenda, los amigos, los conflictos, incluso las emociones que «no deberían sentir». Y, sin embargo, algo no cuadra. Cuanto más protegen, más frágiles se vuelven esos hijos. Cuanto más controlan, menos preparados están para el mundo real. Cuanto más les resuelven, menos tienen que esforzarse en pensar y actuar. A esto lo llamamos hiperpaternidad. Y aunque esto nace desde la mejor intención, el miedo a que nuestros hijos sufran se está convirtiendo en uno de los principales obstáculos para que las nuevas generaciones maduren. Confundimos proteger con evitar. Un padre protector enseña a cruzar la calle mirando a ambos lados; un padre hiperprotector cruza la calle por el hijo, indefinidamente. La diferencia es sutil, pero sus consecuencias no: cuando eliminamos sistemáticamente la fricción, el aburrimiento, el fracaso y la frustración de la vida de un niño, le estamos privando de las experiencias que construyen la resiliencia. Desde la teoría del apego sabemos que un vínculo seguro no se construye evitando toda adversidad al niño, sino acompañándole mientras la atraviesa. Tenemos una referencia esencial, Bowlby ya lo señalaba: la función del cuidador no es eliminar el peligro, sino ser una base segura desde la que el niño se atreve a explorar. Si nunca le dejamos explorar, ni tropezar, ni discutir con un amigo, ni suspender un examen por no haber estudiado, no está aprendiendo a regularse. Está aprendiendo que el mundo es demasiado peligroso para afrontarlo solo, y que siempre habrá alguien resolviéndoselo y, si no lo tiene, generará una ansiedad y miedo casi paralizante. Cada vez llegan más jóvenes, y no tan jóvenes, con una tolerancia a la frustración mínima. Cualquier contratiempo se vive como una catástrofe porque nunca tuvieron que gestionar uno pequeño. Adultos de veinticinco, treinta años, que llaman a sus padres para resolver un conflicto laboral, una cita médica, una discusión de pareja y que hasta vienen acompañados a la consulta. No por comodidad, que algunos sí: por incapacidad real. Nadie les enseñó a tolerar el malestar que implica resolver las cosas por sí mismos, porque siempre hubo alguien haciéndolo antes de que ellos lo intentaran. Y tampoco se les enseñó cómo hacerlo, se les hizo y ya, también por comodidad de los padres. Es un estilo de crianza que cambia el acompañamiento y enseñanza por resolución directa. Consejos para poder cambiar esto, que seguro que aún estamos a tiempo: No es dejar de querer ni de desproteger, sino de hacerlo de otra manera. Deja que se aburran. Esto no es un fallo de los padres, es un espacio necesario para que nazca la creatividad y la autorregulación. No hay que llenar cada minuto porque lo único que intentamos es tener hijos más formados en algo, entretenidos, que desfoguen con actividades, pero el paso personal por la vida no se nutre de eso. Deja que se equivoquen en lo pequeño, para que sepan sostenerse cuando lo grande llegue. Un suspenso, una pelea con un amigo, un partido perdido: son entrenamientos emocionales, no emergencias. Deja, por favor, que pase, ellos tendrán que ver cómo lo gestionan y te tienen a ti para que les guíes en su emoción. En el futuro, ante lo que se les resista, tenderán a frustrarse, afectando a su autoestima, o a ponerse agresivos, retadores… Resiste el impulso de intervenir de inmediato. Importantísimo. Antes de resolver un conflicto por tu hijo, pregúntate: ¿esto es peligroso, o simplemente incómodo para él y para mí? Solo lo peligroso requiere tu intervención inmediata. Lo incómodo debe existir para movilizar estrategias de enfrentamiento. No le anules. Devuélvele la responsabilidad que le corresponde por edad. Un niño de ocho años puede preparar su mochila, recoger su habitación, hacer su cama… Un adolescente puede gestionar su propio horario de estudio y asumir las consecuencias si no lo hace. Habla de las emociones difíciles sin eliminarlas. No le digas «no llores», dile «veo que estás triste, y está bien estarlo». Validar no es lo mismo que rescatar. Habla con él escuchando, no dándole las directrices «exactas» a seguir. Que él vaya creando sus propias nuevas emociones y razonamientos con tu ayuda. Revisa tu propia ansiedad. Muchas veces protegemos en exceso no por lo que el niño lo necesita, sino por lo que a nosotros nos cuesta tolerar: verle sufrir. Ese es un trabajo nuestro, no suyo. A veces, cuando ese niño por iniciativa propia está comenzando a crear soluciones, nos cruzamos rápidamente para dárselo hecho. No es allanar el camino. Es caminar al lado, dejando que sea el hijo quien pise el terreno irregular, tropiece, se levante y aprenda que puede hacerlo. La sobreprotección nos tranquiliza a corto plazo, pero hipoteca la madurez de ellos. Criar hijos capaces exige, paradójicamente, algo de valentía por nuestra parte: la de dejarles vivir lo que les corresponde vivir.