La fiebre de las colas: cómo algunas marcas nos venden que perder el tiempo por sus productos merece la pena
elDiario.es · hace 11 días
Analizamos las razones tras un fenómeno global empujado por el marketing visual y la búsqueda de pertenencia social“Perdona, no me da la vida”: ¿realmente no tenemos tiempo para nada o solo nos sentimos ocupados?
El sol de media tarde golpea las losetas del Passeig de Gràcia de Barcelona y sobre ellas se dibuja una escena tan desconcertante como habitual: una fila de varios metros bordea el escaparate de la tienda de Chanel.
Unos metros más abajo, junto a una icónica tienda de juguetes, una empleada frena el paso de turistas hacia el interior con un dispositivo con el que controla el aforo. Algo más de una decena de personas aguarda pacientemente. La estampa se repite idéntica en el Born frente a un establecimiento cuyas tartas se han hecho virales, en la entrada de una tienda de moda o junto a una heladería que hace un tiempo visitó una conocida estrella del pop.
Por toda la ciudad, una nutrida legión de personas invierte su tiempo libre, un recurso cada vez más escaso y codiciado hoy en día, en conseguir unos productos muy concretos. Algo que no es exclusivo de Barcelona, sino que ocurre en casi todas las grandes ciudades del mundo occidental.
¿Qué engranaje psicológico se activa en la mente de todas estas personas para esperar un buen rato en la calle con tal de obtener un determinado producto cuando lo podrían comprar por internet o pedirlo a domicilio?
Hace apenas una década, hacer cola era sinónimo de pérdida de tiempo, mientras que hoy es parte de un ritual
Anabell Fondón
— socióloga y profesora de la URJC
El ritual del pequeño lujo y la paciencia como trofeo
Tradicionalmente, la espera en un comercio se interpretaba como una pega, un síntoma de ineficiencia o una molestia. Ahora, sin embargo, en algunos comercios la experiencia ha sufrido un giro radical. Parece que con el acceso a la vivienda o a los grandes viajes convertidos en metas inalcanzables para amplias capas de la población, el consumo se ha desplazado hacia los pequeños lujos accesibles.
En este contexto, la espera deja de ser un mero trámite y adquiere valor por sí misma. El producto final puede parecer más deseable precisamente por el esfuerzo invertido en conseguirlo. La doctora Anabell Fondón, socióloga y profesora de la Universidad Rey Juan Carlos, contextualiza esta transformación señalando que “hace apenas una década, hacer cola era sinónimo de pérdida de tiempo, mientras que hoy es parte de un ritual”.
Según la investigadora, en una sociedad donde casi todo es inmediato, la espera se ha revelado como una señal de autenticidad y exclusividad, hasta el punto de que “esperar en el sitio correcto funciona como un sello de pertenencia”, una muestra de estatus. De este modo, añade Fondón, la paciencia se convierte en un capital cultural capaz de demostrar gusto, conocimiento y resistencia.
Varias personas hacen cola para entrar en la tienda de Loewe del Passeig de Gràcia de Barcelona.
El efecto rebaño, el sesgo de escasez y la dictadura del algoritmo
Fondón afirma que detrás de la paciencia del consumidor opera un mecanismo psicológico ancestral: la validación social. Al percibir una multitud congregada ante un establecimiento, el cerebro humano activa un atajo cognitivo inmediato que asocia la masa a la bondad del producto ofertado.
La cola deja así de ser únicamente una consecuencia del éxito para convertirse en una demostración pública de que ese éxito existe. No hace falta entrar, probar el producto ni conocer la marca: basta con ver a decenas de personas esperando para concluir que, por algún motivo, aquello merece la pena. Esta dinámica, multiplicada por la amplificación a través de las redes sociales, convierte la vía pública en un gran escaparate performativo.