‘Esperando a Godot’ regresa a Buenos Aires con el peso específico del vacío existencial de Beckett
Infobae · hace 1 h
¿Qué ocurre cuando el teatro renuncia a la acción, al conflicto y a la resolución, y decide quedarse simplemente con la espera? Esa pregunta que Samuel Beckett lanzó al mundo en 1953, vuelve a formularse aquí y ahora, en Buenos Aires, con el estreno de una nueva versión de Esperando a Godot en el Teatro Presidente Alvear, bajo la dirección de la española Helena Pimenta. La producción, a cargo del Complejo Teatral de Buenos Aires, reúne a Daniel Aráoz, Luis Ziembrowski, Osvaldo Santoro y Pablo Seijo en una pieza que, más de siete décadas después de su estreno, sigue negándose a ofrecer respuestas. Y ese es su enorme atractivo. El telón se levanta sobre un escenario casi desnudo —una tierra árida, un árbol pelado— y dos hombres, Vladimir y Estragon, que aguardan a alguien llamado Godot. Ese alguien nunca llega y en esa negativa, está el corazón de la obra, un clásico del teatro del siglo XX.Lo que Beckett propuso fue una ruptura radical con la estructura dramática que el teatro occidental había sostenido durante siglos. Si la esencia de la escena es la acción, él la dejó suspendida: no la eliminó, sino que la mantuvo como una tensión silenciosa que ningún personaje se decide a encarnar. Sus criaturas no tienen nada que hacer; el tiempo en que esperan a Godot lo ocupan en actividades mínimas, insignificantes, que no alcanzan la envergadura de una trama convencional. El resultado es una acción sin sujeto, donde el tiempo vacío de propósito se convierte en el verdadero material de la obra.La enorme performance escénica de los dos protagonistas carga con el peso de una comedia trágica y existencialista que se apoya en los contrapunto entre dos pobres hombres. Aráoz (Estragón), con el tono quejumbroso de su voz y un repertorio casi ilimitado de expresiones; Ziembrowski (Vladimir), ocurrente y capaz de mantenerse activo con una recorrida ida y vuelta del amplio escenario que, por más de un motivo, es una metáfora del vacío que los cubre. Hablan, se ríen, recuerdan, juegan, sueñan, se lamentan y coquetean con el absurdo (“dame un beso”, le dice Aráoz en un momento inocultablemente olmediano del texto festejado por la platea). Osvaldo Santoro (Pozzo) y Pablo Seijo (Lucky), eventuales visitantes al desértico panorama, ponen lo suyo como esos otros dos personajes que beben del vacío existencial que todo parece invadirlo.
¿Sigue siendo relevante el teatro sin acción de Beckett o ya agotó su propuesta?
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