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Esos hombres buenos fascistas

elDiario.es · hace 8 días
El 87% de sus votantes creen que “si bien hay algunos políticos de extrema derecha, en general AfD ocupa el centro del espectro político”. Es decir, son los hombres buenos votando el término medio en una ventana de Overton escorada hacia el abismo
Hace poco más de un año, se sentó a mi lado en el tren un señor mayor que iba leyendo un artículo científico en inglés. Yo acababa de salir de una gripe y aún tosía como si guardase un perro aferrado al pecho, ante lo cual el hombre reaccionaba con inquietud: se meneaba en la butaca, me miraba de soslayo… Ya no pude más y le dije: “usted es médico”; cuando me preguntó cómo lo había adivinado le respondí que el contenido del artículo y su preocupación mal disimulada por mi salud lo delataban. Fue ese el comienzo de una larga conversación tan agradable que no he olvidado los detalles: estaba a punto de jubilarse, y había desarrollado una carrera académica deslumbrante, en varios países, sin abandonar la consulta; yo le conté que viajaba para dar una charla sobre mi libro Vivir peor que nuestros padres, por el cual se mostró muy interesado. Todo iba bien hasta que, en relación al deterioro social que estamos sufriendo, él culpó al temido sanchismo y yo argumenté que nuestra sanidad pública destrozada era competencia del gobierno andaluz, del PP. De repente, se acabaron las risas y los gestos amables: “no puede haber sanidad para todos”, afirmó. Y yo: “¿de verdad quiere desmantelar el sistema al que ha dedicado toda su vida?”. El silencio se volvió hielo para mi garganta aún inflamada, y el trayecto concluyó como si jamás nos hubiésemos cruzado.

He pensado mucho en aquella anécdota, y en otras que me han hecho descubrir a funcionarios públicos que arremeten contra su medio de subsistencia –el estado–; a familias que apenas llegan a fin de mes pero desean eliminar los servicios asistenciales; a migrantes que detestan a otros migrantes y piden deportaciones masivas, y un largo etc. La psicología de la persona de (ultra)derecha me interesa desde la convivencia vecinal al devenir del mundo, como objeto de estudio de lo ignoto, lo incomprensible, como si me jugase en esa búsqueda de lógica mi propio valor como ciudadana. En mi indagación, me he ayudado de un concepto clave que aparece en una novela del escritor portugués Valter Hugo Mãe: “el fascismo de los hombres buenos”; ciudadanos que trabajan diligentemente, cuidan a sus hijos, pero albergan en las entrañas una suerte de gen destructivo, de pulsión de muerte freudiana, que brota ocasionalmente. Leo en este periódico, a propósito de las elecciones alemanas de Sajonia-Anhalt, donde arrasó el partido ultra AfD, que el 87% de sus votantes creen que “si bien hay algunos políticos de extrema derecha, en general AfD ocupa el centro del espectro político”. Es decir, son los hombres buenos votando el término medio en una ventana de Overton escorada hacia el abismo; en sus cabezas, representantes de la moderación, aunque desprecien los derechos humanos y practiquen un odio visible.

El dato arroja muchas lecciones. La primera es que el miedo a la ultraderecha –estrategia adoptada, entre otros líderes europeos, por Pedro Sánchez– no funciona. Si su electorado no se percibe como tal, y sus políticas van calando cual lluvia fina en un edificio semiderruido, siendo emuladas, además, por la derecha tradicional y hasta sectores socialdemócratas, hay que aceptar una normalización que puede provocar pánico en algunas personas, pero no en las mayorías. Las izquierdas –el escaso remanente vivo que llegue a las próximas elecciones españolas, francesas, italianas…– deberían actuar entonces con una innovación y energía inusitadas, sabiéndose el margen del horror vigente, la excepción y no la norma. Un aviso claro lo ejemplifica el surgimiento de nuevas formaciones extremistas hacia el lado oscuro de la historia, como en nuestro país demuestra SALF o Núcleo Nacional. El renacer progresista no se está produciendo; más bien, se perpetúa una parálisis que obedece a la incapacidad de leer el mundo, mientras su oposición hace papilla las palabras para alimentar a la IA. Al fin y al cabo, solo necesitan cuatro consignas y, eso sí, mucha tecnología.

Y ahí quiero llegar, porque el fracaso de la socialdemocracia –el nacimiento de los hombres buenos cuyas tripas y voto apuntan al precipicio, entiéndaseme la ironía prestada– se encuentra estrechamente vinculado al despliegue de la manipulación digital, desde la más profunda intimidad hasta los despachos de Washington o Moscú. En este sentido, el catedrático estadounidense Timonthy Snyder, exiliado en Canadá desde que Trump ganara los últimos comicios presidenciales, describe la instauración de lo que él denomina “política de la eternidad”, la cual consistiría en el abandono de las reformas sociales para abrazar un marco temporal desdibujado, siempre cuajado de “enemigos definidos y crisis artificiales”. Terreno fértil para las emociones, no serían precisas
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