Si has estado atento a la actualidad en la prensa de los videojuegos últimamente, sabrás que unos cuantos medios han estado analizando Valheim, con notas estratosféricas, además. El RPG de supervivencia de Iron Gate sale del periodo de acceso anticipado celebrando una versión 1.0 que cosecha la friolera de un 89 en Metacritic en el momento de escribir estas líneas, con varios sobresalientes en medios grandes como PC Gamer (90) o IGN (100). Te adelanto que en 3DJuegos vamos a tardar un poquito en tener listo el análisis, pero volver tras unos años desconectadísimo del periodo de acceso anticipado me ha dejado algo claro.
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Y ese algo es que estamos ante uno de esos juegos especiales. Especial como Minecraft o Stardew Valley lo son, de hecho. Un "clásico instantáneo", dice por ahí gente con muchas más horas invertidas que un servidor. Si vas un pasito más allá y lees las reseñas, verás también que existe una percepción generalizada de que es algo tremendamente evocador con un sentido propio de la acogida y la contemplación. Hablándote desde la perspectiva de alguien que ha vivido la evolución del juego mirando a través de un cristal, quise zambullirme de lleno en el mundo de Valheim para entender mejor qué es lo que lo hace tan único.
Como es habitual en el género, cualquier curioso lo tiene increíblemente fácil para meterse de lleno en el juego porque en Internet existen decenas de 'saves' con mundos híper avanzados; así como una consola de comandos que te da acceso instantáneo a los materiales que necesitas en cualquier momento, entre otras muchísimas ayudas del estilo. Pienso de verdad que tener esa clase de herramientas en mano no resta un ápice de magia al asunto, pero reconozco al mismo tiempo que para entender un producto así, es importante vivirlo a la vieja usanza: fabricando un hacha con palos y piedras, y luego una mesa de trabajo.
El bueno, el feo y el novatoAsí que hice eso mismo. Tuve la gran suerte de tener a mi lado a un buen amigo de la redacción cuya cuenta de Steam registra casi mil horas en Valheim (968 en el momento de escribir estas líneas, concretamente) y que tuvo la amabilidad de actualizarme en materia de, por ejemplo, los biomas, eventos y jefes que se han ido añadiendo con el paso del tiempo; en la belleza que hay tras las matemáticas del juego o en por qué cierto 'tras mob' recibe el nombre de Deathsquito, o sea, mosquito de la muerte. Y no te miento cuando te digo que algo dentro de mí hizo clic ahí mismo, con ese monstruo. Entendí mejor el factor equis del título.
Por supuesto, aquello no fue tan simple ni directo como llegar y luchar con un puñado de monstruos. Regresé a Valheim de la manera más tradicional posible: había perdido mi antiguo 'save' de 2021, y no me quedó otra que crear un nuevo personaje y volver al bioma de las planicies, el primero de nueve generados de manera procedimental en cada mundo, para construirme una cabaña con la que sobrevivir al frío de la noche; conformándome con bayas para sobrevivir.
No esperaba tener que decirte que aprecié mucho la presentación del juego durante el proceso—sus gráficos no dejan de ser los de un survival indie, pero Iron Gate te permite elegir si quieres una apariencia pixelada fiel a sus orígenes o algo más suavizado con la estética 3D en mente, que es como juego yo; y las animaciones han recibido un sustancial ejercicio de refinamiento de cara a la versión 1.0. Caminar por el bosque en busca de ramitas del suelo se ve menos ortopédico, lo cual es importante porque Valheim no sería lo mismo sin su fuerte componente de inmersión, pienso.
Entiéndeme: esto no es un simulador realista, eso es evidente. Pero sí hace muchos méritos a la hora de inmiscuirte en su mundo. Su iluminación, por ejemplo, encaja (de manera intencional o no) con el tipo de textura analógica, reverberante y etérea del dream pop; mientras que incluso el tipo de enemigos que encuentras por ahí son igual de psicodélicos también. El más frecuente de ellos es sin duda el Greyling, una pequeña criatura que te acosa correteando torpemente a tu alrededor mientras juzga lo que haces en busca de una oportunidad para atacar con crudeza.
Sencillo en lo visual, pero tremendamente atmosférico. Valheim es tan contemplativo como grandes exponentes.
Y de alguna manera, sus movimientos erráticos entre los árboles alimentan también a esa atmósfera psicodélica que tiene Valheim; pues cualquiera que tenga cierta experiencia en el género estará acostumbrado de sobra a lidiar con los típicos oponentes controlados por la CPU que suelen salir al principio en esta clase de juegos, pero no muchos de ellos tienen ese encanto tangible que existe en ver una criatura parecida a un gnomo acechándote con un descaro