En 1817, el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge formuló una idea que terminaría siendo más famosa que muchos de sus poemas. La llamó suspensión voluntaria de la incredulidad. Se refería a esa disposición del lector a aceptar, mientras dura una obra de ficción, que sucedan cosas que sabe imposibles. Que los muertos hablen, que los animales piensen, que alguien viaje en el tiempo. No hace falta creer que todo eso es cierto. Alcanza con dejar de exigir, por un rato, que lo sea.Dos siglos después, hemos desarrollado una variante menos inocente de aquel mecanismo. Podríamos llamarla suspensión voluntaria de la racionalidad. Coleridge nos proponía dejar de lado la incredulidad para disfrutar de una historia que sabíamos inventada. Nosotros parecemos capaces de dejar de lado la razón para aceptar como verdaderas historias que sabemos, o al menos sospechamos, que no resisten demasiadas preguntas. Y lo hacemos sin necesidad de cerrar los ojos. A veces, incluso, con los ojos bien abiertos.En la Argentina hemos perfeccionado esa habilidad hasta convertirla en una suerte de destreza colectiva. Personas perfectamente capaces de analizar un contrato, administrar una empresa o resolver una ecuación pueden abandonar esas mismas capacidades cuando se trata de examinar una afirmación que proviene de su propio universo de creencias.«La emisión monetaria no genera inflación». La relación entre cantidad de dinero y precios no es instantánea ni mecánica. Pero una cosa es discutir la complejidad de un fenómeno y otra muy distinta es declarar irrelevante, por convicción política, uno de sus factores fundamentales.«Podemos hacer un plan platita sin emisión». También es posible, siempre que se explique de dónde sale el dinero. Lo que no existe es el gasto público que aparece por generación espontánea, como los conejos en la galera de un mago. Aunque, a diferencia del espectáculo de magia, en este caso suele haber alguien obligado a pagar la entrada.«Nuestra líder está condenada por corrupción, pero tiene que ser candidata». Una condena judicial puede ser cuestionada. La dificultad empieza cuando la conclusión precede a cualquier examen: si el tribunal absuelve, se hizo justicia; si condena, hay persecución.Quienes sostienen estas posiciones conocen, muchas veces perfectamente, las objeciones. Les sobra información y, en general, también inteligencia.
¿Debería la sociedad distinguir entre suspender la incredulidad para ficción y para información?
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