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Un ejército adolescente en deportivas blancas y chándal negro

elDiario.es · hace 4 días
La uniformidad estética voluntaria no sería más que una anécdota si no fuera por lo que revela: ante nuestros ojos se está materializando en nuestros jóvenes un interesado proceso de borrado de la identidad individual que tiene como objetivo la implantación de un pensamiento unitario y acrítico entre el alumnado más vulnerableEn primera persona - Que el alumnado aprenda no es tan complicado... hasta que sacan las tijeras
“El grupo, mayoritariamente masculino, presenta escaso interés por la materia. Es especialmente preocupante su oposición frontal hacia el saber científico. Los alumnos defienden ideas como el terraplanismo, la implantación de chips 5G en la población por parte del gobierno o la fumigación a través de los chemtrails. Desconfían de las vacunas y cuestionan su efectividad”.

Quien lee su informe de valoración del trimestre es la profesora de Ciencias, una de esas docentes que nunca dice una palabra más alta que la otra y conserva en el gesto las horas universitarias de laboratorio y biblioteca. En su exposición no hay retórica ni alarmismo, sino un testimonio aséptico: los chavales andan discutiéndole en clase que la Tierra sea redonda y ella, que es empirista y buena persona, lo deja por escrito. Yo acabo de incorporarme al centro tras un par de cursos apartada de las aulas ordinarias y se me cae la mandíbula al suelo al escucharla. En las semanas siguientes –era octubre de 2024– iré conociendo a los chiquillos cuartomileniaristas en cuestión.

Hoy, dos años después, no me sorprendo con casi nada de lo que oigo en clase y el reporte de la compañera de Ciencias me parece material vintage: su “especialmente preocupante” ha alcanzado unos niveles de inquietud estratosféricos (si es que la atmósfera existe, vaya una a saber). El perfil de chaval que en 2024 me pilló con el paso cambiado lo encuentro ahora por doquier. Me los encontré durante el último puente en una plaza de un pueblito de Grecia. Me los encontré hace un año en el centro de Trento en una noche de agosto que no invitaba a llevar sudadera ni capucha, pero ellos la llevaban. Me los he encontrado en las calles de Valencia, donde vivo, y los he tenido enfrente en cada colegio donde he trabajado recientemente en Madrid.

Adolescentes tempranos o arrancando ya la veintena, se los identifica por presentarse ante el mundo voluntariamente uniformados: pantalón de chándal negro de algodón, sudadera o chaqueta bomber igualmente oscura, deportivas blancas de marca, tal vez un toque de azul o gris. Peones felices de un tablero de ajedrez. Si entre el grupo se encuentra uno valiente de más, habrá una gorra o una riñonera rojas. Y hasta aquí las transgresiones permitidas.





Cada vez que me los encuentro —no entiende de fronteras este proceso de homogeneización— veo lo mismo: a mis alumnos más vulnerables, es decir, a los niños y adolescentes más influenciables que buscan, por encima de todo, pertenecer al grupo.



No solamente llama la atención la elección de ese vestuario amalgamado, sino también su modo de ocupar los espacios, un banco de peces desacompasado, a menudo ensimismados en sus teléfonos, donde no es fácil distinguir a unos chicos de otros. Y cada vez que me los encuentro —no entiende de fronteras este proceso de homogeneización— veo lo mismo: a mis alumnos más vulnerables, es decir, a los niños y adolescentes más influenciables que buscan, por encima de todo, pertenecer al grupo.

¿En qué momento aceptaron hacerse devotos de la monocromía y renunciar a distinguirse? ¿De quiénes copian esta apariencia entre futbolista saliendo de un bus con prisas y un GEO en prácticas? ¿Me estaré haciendo mayor? ¿Pensaron lo mismo mis profesores acerca de las decisiones estéticas de mi generación, pero justo al contrario? (Años de MTV, “íbamos vestidas de árboles de Navidad”, diría mi amiga Marta).

Las elecciones en el campo de la moda no serían más que una anécdota si no fuera por lo que tan burdamente revelan. Ante nuestros ojos se está materializando en nuestros jóvenes un interesado proceso de borrado de la identidad individual que tiene como objetivo la implantación de un pensamiento unitario y acrítico. Este, vendido como resistencia y desafío del status quo, es en realidad una fábrica de perfectos soldados sometidos a un sistema capitalista cuya existencia y poder de control los propios chavales ignoran. Ciudadanos, lo justo. Desde medios generalistas y canales de youtubers verborreicos con escasa cultura —también ellos en chándal, sentados frente a un micro que nunca duerme, como nuestros niños—, se cuestiona la autoridad del conocimiento y se deslegitima la jerarquía que antes nos permitía venerar el aprendizaje y deplorar la ignorancia.

Así, hoy día una parte de nuestros estudiantes nos confronta sin pudor en las aulas y despliega ante el docente un pensamiento crítico paradójico: cuestionan a quienes detentan la
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