Historias de desahucios: Maricarmen lucha por su hogar
elDiario.es · hace 13 h
Cualquiera podríamos ser Maricarmen, en una España que ha registrado casi un millón de desahucios en los últimos 20 años. Gracias al Sindicato de Inquilinas, la PAH y todos los movimientos asociativos que han puesto el cuerpo tanto tiempo y hacen posible que esta lucha por la vivienda digna y el derecho a habitar tenga sentidoInés Hernand denuncia en RTVE el desahucio de Maricarmen: “Esto es culpa del gobierno regional y del central, de los dos”
Eran las 6 de la mañana del 23 de septiembre de 2026.
Un día como ese hace 16 años, se movilizaban 3 millones de personas en Francia en contra de la reforma de pensiones. Después de todos los reclamos, no se logró impedir la aprobación de la reforma. Pero aquellas personas que transitaron esa experiencia compartida como un acompañamiento, como un alivio, posteriormente también compartieron la indignación y la rabia que lograron expandir, propia de la frustración que generan las expectativas colectivas.
Quién nos iba a decir que esa efeméride sería casi profética con nuestro día, aunque a esas horas aún desconocíamos la envergadura que adquiriría después.
El pasado miércoles, al sonido de unos silbatos, nos aglutinamos en el 46 de la calle Alcalde Sainz de Baranda de Madrid, una amalgama de cuerpos. Cuerpos de todas las edades, procedencias y géneros que habían pasado ya 10 horas sobre el asfalto, durmiendo precariamente y con la ilusión de paralizar la desvergüenza y la inhumanidad a la que nos enfrentaríamos poco rato después.
A esas horas, aún se acercaban cámaras que enfocaban con la luz artificial sobre nuestras caras en, todavía, la noche cerrada. Venían de todas las cadenas y medios, y cruzábamos complicidad con algunos y miradas de zoológico con otros.
Ines Hernard en la protesta pacifica a las puertas del piso de Maricarmen.
Teníamos unas pequeñas barricadas de poliéster bajo el nombre de Quechua, algo simbólico que nos franqueaba de la desprotección de nuestros cuerpos ante las fuerzas del orden.
A las 6.35 de la mañana, los policías antidisturbios que se aproximaban iban retirando algunas de las tiendas de campaña y, confusos, se ponían y se quitaban el casco, como sus convicciones quizá. Todavía la directriz era conservadora y había solo siete furgones, pues a lo largo de la mañana se irían sumando hasta llegar a unos veinticinco. Ya sabéis, por la peligrosidad que podía ofrecer una anciana de 87 años con un 50% de discapacidad.
Amanecía por el este de la calle y, entre las piernas de los policías, nos cubríamos de los primeros rayos de sol. Cuando se aproximaban, entrelazábamos nuestros brazos, como un fuerte tejido inquebrantable que solo las cuchillas más afiladas sabrían destrozar.
Gritábamos “¡Vergüenza!”, y también les decíamos cosas directas a ellos, mirándolos a los ojos: “Puedes no hacerlo”, “¿Qué le contarás a tu hijo cuando hoy vuelvas a casa?”, “Podría ser tu abuela, podrías ser tú”. Ante las frases, apartaban la mirada. Alguno tenía los ojos vidriosos y otros, sencillamente, reían. No paraba de preguntarme qué puede llevarte a esa especialización, pero bueno, supongo que cada cual tiene su historia.
Pasaban los minutos y venían cargados de emoción y de sucesos: echaban a la prensa y ponían a los furgones interceptando la visibilidad de las personas que se agolpaban en la manzana ya cortada; empezaban a arrastrar e identificar a los primeros ciudadanos que estaban resistiendo pacíficamente, y el sol nos cegaba y utilizábamos las siluetas de los policías como parasol. No dejábamos de cantar o de gritar, desvelando a todo el vecindario. Nos movía la justicia y la convicción de que esto había que cambiarlo.