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Un complot frustrado con una bomba en Polonia desenmascaró a un espía, pero ¿para quién trabajaba?

elDiario.es · hace 11 días
Cuando Igor Rogov, activista de la oposición rusa exiliado, fue acusado de trabajar para el Kremlin, sus amigos se quedaron atónitos ¿Era posible que aquel joven activista fuera en realidad un agente encubierto?Dentro de la facultad secreta de formación de espías rusos en una universidad de élite de Moscú
La policía fue a buscar a Igor Rogov porque alguien le había enviado por correo un kit para fabricar una bomba. La variopinta mezcla de objetos —un termo de cromo, un par de rotuladores, una batería externa y una botella de líquido anticongelante— podría haber parecido inofensiva a ojos inexpertos, pero en julio de 2024 Polonia se encontraba en alerta máxima. Dos meses antes, un incendio provocado había arrasado un centro comercial de Varsovia; también habían prendido fuego a una tienda de Ikea en la vecina Lituania. Las autoridades creían que ambos ataques formaban parte de una campaña de sabotaje orquestada por los servicios de inteligencia rusos para sembrar el pánico y debilitar el apoyo a Ucrania. Temían que solo fuera cuestión de tiempo que el Kremlin diera un paso más en la escalada.

Un agente de seguridad del almacén de la empresa de paquetería sospechó del paquete y avisó a las autoridades, que acudieron con perros rastreadores y equipo especializado. Las radiografías mostraron que los rotuladores ocultaban en su interior detonadores soviéticos fabricados en los 80. El termo, por su parte, tenía un doble fondo con una bolsita de polvo metálico. El cargador portátil parecía haber sido manipulado y, al analizar el líquido de la botella, los especialistas descubrieron que contenía una solución de nitroglicerina altamente volátil. En manos de alguien con los conocimientos necesarios, aquello podía convertirse en una bomba potente.





Todo apuntaba a que el hallazgo fortuito del paquete había conducido a las autoridades hasta un participante —quizá incluso un coordinador— de la campaña de sabotaje rusa contra Polonia, que se ocultaba tras la fachada de un valiente opositor al Kremlin.



La policía averiguó que el destinatario del paquete, Rogov, era un activista político ruso de 27 años que había hecho campaña a favor del líder opositor Alexéi Navalni y de otros grupos contrarios al Kremlin. Dos años antes había huido de Rusia por temor a ser detenido por sus actividades y había obtenido asilo en Polonia. Gracias a una beca, estudiaba en una universidad de Sosnowiec, una ciudad industrial del suroeste del país. Su esposa, Irina Rogova, se había reunido con él en Polonia y también se había matriculado en la universidad. La pareja vivía en una residencia de estudiantes. Fue allí donde las autoridades detuvieron a Rogov.

Al examinar el teléfono de Rogov, los agentes encontraron fotografías de distintos puntos de Sosnowiec y sus alrededores con flechas rojas dibujadas que, intuían, señalaban lugares donde ocultar o recoger objetos. Una de las imágenes mostraba un gasoducto a las afueras de la ciudad; interpretado como un posible objetivo para un atentado ruso con explosivos. Todo apuntaba a que el hallazgo fortuito del paquete había conducido a las autoridades hasta un participante —quizá incluso un coordinador— de la campaña de sabotaje rusa contra Polonia, que se ocultaba tras la fachada de un valiente opositor al Kremlin.

Más de un año después, en octubre de 2025, se supo que las autoridades polacas también acusaban a Rogov de colaborar desde hacía tiempo con el FSB, el temido servicio de seguridad ruso. Esto planteaba la posibilidad de que toda su trayectoria como activista contrario al Kremlin hubiera sido en realidad una tapadera para su trabajo al servicio del FSB. Cuando el caso llegó a los tribunales, el juez decidió celebrar el juicio a puerta cerrada por motivos de seguridad nacional. El secretismo no hizo, sino alimentar las especulaciones y los rumores sobre qué había hecho exactamente Rogov, especialmente entre la oposición política rusa en el exilio, marcada por las luchas internas, las sospechas y las acusaciones.

Aunque el juicio de Rogov se celebró a puerta cerrada, descubrí miles de páginas de documentos sobre él y su esposa en los expedientes judiciales de un caso relacionado. (El sitio web de noticias polaco Wirtualna Polska ya había informado sobre algunos de esos documentos). Esos expedientes, junto con entrevistas realizadas en varios países a fuentes de los servicios de inteligencia y a personas que conocían a Rogov, me permitieron reconstruir una historia de exilio y espionaje marcada por el chantaje, el engaño y una crisis matrimonial de consecuencias dramáticas. (De conformidad con la legislación polaca, las personas mencionadas en los expedientes judiciales aparecen identificadas en este artículo únicamente por su nombre de pila, salvo que hayan dado su consentimiento para ser entrevistadas y citadas con su nombre completo. Rogov y su esposa aparecen con su nombre complet
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