Madrid está viviendo uno de eso momentos complejos que sirven para ponerse colorado. Pero los dos son difíciles de contar. Maricarmen llegó a Sainz de Baranda con diecisiete años y seguramente no pensó que aquella casa iba a durar tanto como su propia historia. Allí han muerto sus padres, han envejecido los muebles y Madrid ha cambiado varias veces de piel al otro lado de las ventanas. Mientras, ella siguió allí. Era 1956. La M-30 no existía, faltaban años para que el Metro llegara a Sainz de Baranda y todavía circulaban tranvías por Madrid. El contrato lo firmó su padre y al morir éste pasó a su madre. Cuando ella murió en 2005, el contrato lo heredó Maricarmen. Setenta años... Ver Más