'El amor': cómo relata Nerea Pérez de las Heras en 'Fantasma' el accidente que le cambió el cuerpo y la vida
elDiario.es · hace 1 días
En este adelanto editorial, la periodista y escritora ahonda en los días de hospital tras la pérdida de parte de su pierna derecha debido a la hélice de un barco mientras veraneaba en Baleares en el verano de 2023. Alfaguara publica 'Fantasma' el próximo 3 se septiembre, una de las novelas más esperadas del otoñoRodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, sobre ‘El ser querido’: “Ha sido el guion más difícil que hemos escrito”
La foto nos la hizo Ana. En ella Olga está de pie junto a la cama, me agarra la cabeza con las dos manos y me besa la coronilla, pero su mirada no acompaña al beso; podría parecer que se dirige a mi muñón vendado, pero tampoco. Está mucho más allá, perdida en algún lugar periférico, o quizá interior, al que se dirigen los ruegos y los agradecimientos. Yo estoy recostada en la cama y le echo los brazos al cuello, los ojos se me cierran cuando sonrío con mucha fuerza. Podría estar borracha, podría ser una foto de alguna de nuestras vacaciones juntas si no fuera por el camisón deprimente lavado un millón de veces a noventa grados, los tubos que me salen de la piel, mi color grisáceo y que ya no estoy entera. En la foto, Olga está asustada y suplica en silencio; yo, sencillamente, justo en ese instante, estoy contenta de estar viva.
Aquella habitación soleada fue el primer hogar de mi cuerpo nuevo, allí tuve todo el tiempo del mundo para observarlo. Tenía la seguridad de que no era mi cuerpo de siempre sin el miembro perdido; no me sentía como el fruto de una reparación sino de una gestación, de una génesis. Mi peso no era el mismo, mi equilibrio no era el mismo y casi podía notar mi cerebro abandonando antiguos vicios como la existencia de un pie derecho. Los profundos caminos neuronales horadados durante décadas empezaban a difuminarse y nacían otros nuevos.
La novedad más llamativa era el tajo cuatro dedos por debajo de la rodilla derecha. No sé si llamarlo “mi nuevo ombligo” es llevar las cosas demasiado lejos; desde luego era una brutal marca de nacimiento. Como suele suceder con las zonas fronterizas, se agitaba sin parar. Por las noches, el dolor y el hormigueo eléctrico eran tan intensos que parecía que una pierna nueva estuviera a punto de brotar, pero lo que sentía solo era el temblor de la curación. Toda herida es un estado transitorio, está en su naturaleza luchar por desaparecer.
Recién nacido, mi cuerpo nuevo se puso a menstruar en la misma fecha en la que le correspondía hacerlo al antiguo, pero con sangre de otras personas, donantes anónimos. Perdí la cuenta de cuántas bolsas fue necesario vaciar dentro de mí. La vieja rutina del sangrado me puso nostálgica y me hizo recordar que había sido otra. También me hizo pensar que seguramente gran parte de mi sangre donada a lo largo de los años había tenido aventuras similares en sistemas ajenos. Había brotado de heridas por aquí y por allá; puede que hubiera participado de otros renacimientos, lo que hacía del mío un asunto mucho menos trascendental y dejaba espacio para ocuparse de lo cotidiano.
Esterilizar la copa menstrual de silicona en agua hirviendo fue un problema, había que calcular muy bien cuándo y cómo pedírselo a las auxiliares y enfermeras. Ahora estábamos a merced del personal atareado y agotado que conforma el grueso del sistema sanitario y ya les habíamos pedido unas tijeras; teníamos que espaciar las reclamaciones, hacerlas con paciencia y delicadeza, porque todo hospital está en un equilibro a punto de colapsar.
Necesitábamos las tijeras para recortar botellas de agua de plástico y fabricar jarrones para las flores que llegaban. Alice envió unos cómics en los que el protagonista tenía una pierna amputada y los colocamos en la ancha repisa de la ventana, encima del ¡Hola! y junto a una caja de bombones, una acumulación de frascos de cosméticos y velas aromáticas. La habitación estaba radicalmente habitada, mucho más que ninguna que hubiera visto, yo que pensaba que lo sabía todo sobre la experiencia hospitalaria. Donde mirara había algún estallido de color, un puñado de claveles, un masajeador facial de cuarzo rosa chicle, un abanico arco iris que me aliviaba el sofoco de los medicamentos anticoagulantes. El pequeño armario de la habitación emanaba un aroma a taberna lujosa completamente contradictorio con la peste a desinfectante del entorno, porque Ernesto había mandado un paquete de jamón de Jabugo. De vez en cuando un mensajero llamaba a la puerta cargado con una cesta versallesca de frutas o dulces.
Los grandes impactos emocionales suelen reclamar gestos físicos. Es muy corriente la necesidad de trasladar a actividades u objetos la conmoción íntima, desde pintar un cuadro enorme después de un bombardeo hasta reventarse la mano dando un puñetazo en la pared tras un desengaño amoroso. La horquilla es amplísima, pero el impulso siempre es el mismo: hacer algo. De aquí sale la manía humana de hacer ofrendas y sa