Le va ocurriendo a la acera lo que le ocurre a la nostalgia. Ya no es lo que era. De modo que caminar es un nuevo modo de la extravagancia. Quiero decir que las aceras ya no son derrotero del peatón, alcalde. O no son sólo sitio del peatón, que quizá sea aún peor, porque ahora un caminante de Madrid transita un laberinto en litigio. Desde hace mucho tiempo, la acera cumplió como invento de bella elementalidad. O sea, un espacio donde prosperaban los que no usaban vehículo. Pero luego la terraza ha querido dos mesas adicionales, el restaurante impone sus pizarras, el patinete zigzaguea como un crío, la bicicleta cumple su esprín de alegría, y las obras, casi incalculables,... Ver Más