En 1936, Japón vivió un acontecimiento difícil de superar. Lo llamaron la noche del micrófono asesino
3DJuegos · hace 1 h
Estamos a las puertas de la medianoche del 11 de agosto de 1936 y, por horario, el momento en el que la radio está a punto de cortar sus emisiones hasta la mañana del día siguiente. Sin embargo, hay un problema, todo Japón está esperando para descubrir qué ocurre con Hideko Maehata, la nadadora olímpica que luchaba por el primer oro femenino del país en los juegos de Berlín.
Lamentablemente la carrera se ha retrasado, así que el locutor encargado de narrarla empieza a rogar que nadie corte la emisión. No lo hace a sus jefes ni a los técnicos de sonido del estudio. Lo hace hablando al micrófono para que le escuche todo el país y, fruto de la euforia que está consiguiendo arrastrar con su súplica, se sale con la suya. No tardará mucho en desear no haberlo conseguido.
Maehata, ganbareSi Japón estaba tan expectante no era sólo por la búsqueda de ese primer oro, sino porque la propia Maehata lo había perdido en Los Ángeles 1932 por apenas una décima de segundo. Jugándose la medalla contra la nadadora alemana, la retransmisión no tardó en abandonar el lado más informativo para saltar al de la euforia desmedida para animar a la nadadora. “Maehata, ganbare”. Aguanta, Maehata.
En vez de una retransmisión deportiva aquello parecía un micrófono colocado sobre la grada, así que cuando Maehata tocó la pared de la piscina confirmando la primera posición, el sonido de la radio estalló aún más. 18 veces llegó a repetirse que Maehata había ganado, 18 veces en las que, entre gritos, alguien al otro lado de la radio vivió ese momento con aún más entusiasmo que el propio locutor.
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Según recogían los medios y fuentes posteriores como el libro Electrified Voices, el jefe de un periódico local había llegado borracho como una cuba a casa y se puso a escuchar la carrera, pero la narración le emocionó tanto que no pudo soportarlo. Se desplomó y no volvió a levantarse.
Se desconoce si fue un ataque al corazón o qué ocurrió exactamente, pero el locutor terminó marcado no sólo por las críticas hacia su falta de profesionalidad, sino también por haber convertido su herramienta de trabajo en lo que en Japón dieron a conocer como un micrófono asesino. Perseguido por la culpa, años después el locutor terminó visitando la tumba del hombre para disculparse por lo ocurrido.
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