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Lo que aprendimos sobre el fuego no nos preparó para las llamas

elDiario.es · hace 8 h
La literatura y el cine llevan tiempo brindándonos ejemplos de lo que generan los incendios, reflejando también como son capaces de fascinarnos y aterrorizarnos a la vezCuando unos pendientes para lucir en una alfombra roja esconden un expolio

Oliver llora frente a la chimenea del salón de su casa. Su mirada está a la vez perdida y concentrada. Las llamas parecen ser el único consuelo para su corazón roto. Su gran amor, Elio, acaba de contarle por teléfono que se va a casar. Está devastado, derrotado, triste. En ese momento solo le sale vincularse, comunicarse, con el fuego. Solo escucha su crepitar, como si este le abrazara. El único capaz de representar lo destrozado que se siente por dentro, poseído por una pena en combustión, hecho cenizas.

Así concluye una de las películas más hermosas de los últimos años, Call Me By Your Name, de Luca Guadagnino. No es la única en la que el fuego, una chimenea, una hoguera o un incendio aparecen como un personaje más. Como símbolo, poder, metáfora, como una imponente realidad que genera fascinación y terror al mismo tiempo, que arrasa y atrapa, que lo puede todo. Como los incendios que cada verano –incluido por supuesto este– destruyen, obligan a personas a desplazarse, se cobra vidas, genera despliegues de bomberos, pone todo en riesgo.

Una historia que se repite anualmente, y que sin embargo, cuando llega el invierno y bajan las temperaturas, se cierra. Como un libro, como una película, como una puerta. Pero no. Siempre vuelven.
































Timothée Chalamet, iluminado por las llamas en 'Call Me by Your Name'



En la literatura, tanto en ficción como ensayo, hay ejemplos que han ido dejando por escrito las causas de los incendios, reflexiones sobre las consecuencias, que lo han usado como elemento narrativo, que han dejado patente cómo es la labor de los equipos que se encargan de mitigarlos, que han ido más allá para explicar que debemos cambiar nuestra relación con ellos, porque “han llegado para quedarse”.

Aun así nos sigue sorprendiendo, nos volvemos a sentir indefensos, temerosos e hipnotizados ante las llamas. Como Oliver Laxe mostró en su película O que arde en 2019, con la historia de Amador, un pirómano que regresaba a casa tras haber cumplido una condena por provocar un incendio.

Quien explica que estas catástrofes van a seguir siendo algo “cotidiano” es Víctor Sáenz-Diez, que tras trabajar más de diez años como bombero forestal, decidió lanzar una colección dentro de su editorial Pepitas de Calabaza, dedicada a esta temática. Hablándolo con un compañero, llegaron a la conclusión de que en Estados Unidos había más literatura y ensayos al respecto, pero que faltaba contenido en castellano.

Su primera aportación fue la traducción de La montaña en llamas, de Norman Maclean, la narración del peor desastre en la historia del Servicio Forestal de EEUU, cuando en 1949, una cuadrilla de paracaidistas, los smokejumpers, se lanzó sobre un incendio forestal en Montana. Dos horas después, todos menos tres habían muerto o sufrido quemaduras mortales debido a un blowup que arrasó todo lo que encontraron a su paso.




Siguieron con Hermano fuego, testimonio en primera persona del bombero forestal Raúl Vicente; y Viaje a las mujeres de fuego, en el que la periodista Franca Velasco recopiló sus reportajes sobre las mujeres que trabajan en los dispositivos forestales. También lanzaron el manual OACEL, sobre el protocolo que se emplea para combatir los incendios. E
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