El sueño de comprar la vida eterna: una vieja aspiración entre la realidad y el delirio
elDiario.es · hace 11 h
La ciencia rigurosa y el puro disparate se cruzan en la búsqueda por aumentar la longevidad: las élites sueñan con la inmortalidad (lo único que todavía no pueden comprar), pero son los avances en salud pública, oncología, prevención y calidad de vida lo que nos acerca al mito (posible) de vivir cien años
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El sueño de la vida eterna
En septiembre de 2025, una conversación entre Xi Jinping y Vladímir Putin captada al vuelo por los micrófonos de los medios llamó la atención del mundo. De camino a un desfile militar, el presidente ruso comentaba al líder chino que, gracias al desarrollo de la biotecnología, los órganos humanos podrían trasplantarse constantemente, permitiendo a las personas “volverse más jóvenes, tal vez incluso inmortales”. A través de su traductor, Xi Jinping respondió aludiendo a las predicciones de que, para finales de este siglo, los seres humanos pueden llegar a vivir hasta 150 años.
Más allá de la anécdota, esta conversación casual entre dos de las personas más poderosas del mundo refleja el espíritu de una época. Aunque la humanidad ya fantaseó en el pasado sobre los elixires de la eterna juventud, solo el avance de la ciencia en las últimas décadas ha hecho posible esta obsesión de las élites por extender la vida y soñar incluso con la inmortalidad. Pero, ¿en qué situación estamos realmente y qué parte de verdad subyace en esta conversación de Putin y Xi Jinping? ¿Hasta qué punto hay una revolución en curso y cómo distinguimos los avances reales del solucionismo tecnológico o las fantasías de los líderes autoritarios?
Hace ahora alrededor de 15 años, un prestigioso científico español que trabajaba en California me dio un aviso: algunos empresarios del mundo de Silicon Valley estaban invitando a fiestas y reuniones privadas a expertos en longevidad como él para sacarles información. Parecían obsesionados con la idea de alargar sus vidas y el envejecimiento les parecía un problema de ingeniería, igual de resoluble que las dificultades a las que se enfrentan a diario en el mundo de la programación. En aquel momento, los científicos estaban consiguiendo avances asombrosos en los laboratorios, como alargar la vida de los ratones con reprogramación celular y probando prometedoras sustancias como la rapamicina, la metmorfina o los senolíticos. Estirar la vida más allá de los límites biológicos parecía al alcance de la mano.
El entusiasmo se contagió al movimiento ‘biohacker’, un grupo de chalados con conocimientos elementales de genética que aspiraban a aumentar sus capacidades por el procedimiento de “hágaselo usted mismo” en el garaje de su casa. La fiebre llegó al mundo de la ficción y, en 2014, la cadena HBO retrató aquella obsesión de los líderes tecnológicos por la eterna juventud en una serie llamada Silicon Valley. En ella, el CEO de una gran empresa tecnológica de California se hace acompañar de un ayudante joven, un ‘socio de transfusión’, cuya sangre se inyecta regularmente para retrasar el proceso de envejecimiento, un procedimiento conocido como ‘parabiosis’.
Esta idea estrafalaria se materializó en el mundo real cuando la empresa Ambrosia, con sede en Monterrey, empezó a ofrecer a sus clientes inyectarles un litro y medio de sangre joven para analizar después los biomarcadores en busca de mejoras medibles. En 2019, la agencia de medicamentos de Estados Unidos (FDA) declaró que estas transfusiones no tenían beneficio clínico probado y podían ser peligrosas. La empresa tuvo que cerrar, pero esto no detuvo los delirios vampíricos de algunos millonarios. En el reciente documental No te mueras: El hombre que quiere vivir para siempre (Netflix, 2025) vimos al empresario tecnológico Bryan Johnson intercambiar plasma sanguíneo con su propio hijo, como parte de una de las numerosas terapias y pro