No faltan helicópteros; faltan gestores del monte: la otra cara de los incendios en Aragón
elDiario.es · hace 16 h
Mientras Aragón invierte cada año más recursos en extinción, ingenieros de montes y agrónomos alertan de que el problema está también en el territorio: más de un millón de hectáreas están en manos de 158.000 propietarios forestales privados sin una gestión activa y acumulando combustible que convierte cualquier chispa en un gran incendio
Helicópteros, aviones anfibios, brigadas helitransportadas, autobombas, drones y centenares de profesionales desplegados sobre el terreno. Nunca Aragón había contado con un dispositivo de extinción tan potente como el actual y, sin embargo, el verano de 2026 está dejando una de las campañas de incendios más complejas de los últimos años.
La paradoja es evidente. Si los medios para apagar el fuego son cada vez mejores, ¿por qué los grandes incendios siguen creciendo en intensidad, velocidad y superficie quemada?
Para Ignacio Pérez-Soba, decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes en Aragón, la respuesta no está en el aire, sino bajo los pies de quienes combaten las llamas. El problema, sostiene desde hace años, no es únicamente cómo se extinguen los incendios, sino cómo se está gestionando el territorio mucho antes de que aparezca la primera columna de humo. Su tesis, compartida recientemente junto al decano del Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Aragón, Navarra y País Vasco, Jesús Ángel Betrán, es clara: los incendios forestales no pueden seguir abordándose como una emergencia estacional, sino como un problema estructural de ordenación del territorio.
En este sentido, Pérez-Soba va un paso más allá. En el capítulo que acaba de publicar sobre la problemática de los incendios forestales en España sostiene que en la actualidad los “incendios forestales” son cada vez menos exclusivamente forestales. “Los incendios forestales son, ante todo, un fenómeno rural”, escribe, porque es en el territorio rural donde confluyen las condiciones que explican su origen, su propagación y sus consecuencias. Esa afirmación obliga, a su juicio, a cambiar también el enfoque de las políticas públicas: la prevención no puede recaer únicamente en los servicios forestales, sino que debe implicar a la agricultura, la ganadería, la planificación territorial y el desarrollo rural.
Ni basta con “limpiar” el monte ni con contratar más helicópteros
Durante años, el debate público sobre los incendios ha girado casi exclusivamente alrededor de dos preguntas: si hacen falta más medios de extinción y si basta con “limpiar el monte”.
Cuando un incendio alcanza un comportamiento extremo, genera su propia meteorología y supera la capacidad de ataque de los equipos terrestres y aéreos, el margen de actuación es muy reducido. El trabajo de los quipos de extinción (que en Aragón son principalmente las brigadas forestales del Gobierno de Aragón, conocido como “dispositivo INFOAR”) consiste entonces en proteger vidas humanas y evitar que el fuego alcance los núcleos habitados.
Por eso, la verdadera prevención empieza mucho antes. “Solo con un sector profesional forestal fuerte podremos tener incendios más débiles”, ha repetido Pérez-Soba en distintas intervenciones públicas, defendiendo que la gestión activa del monte constituye la herramienta más eficaz frente a los grandes incendios.
Además, el decano del Colegio de Ingenieros de Montes de Aragón incide en denunciar que “expresiones como ”los incendios se apagan en invierno“ o ”hay que limpiar el monte“ simplifican en exceso una realidad en la que intervienen factores ecológicos, económicos, sociales y culturales”, al mismo tiempo que recuerda que “un problema tan complejo” no debe ser abordado con “explicaciones o soluciones extremadamente simplistas”.
Una vegetación que se expande, y sin nadie que la gestione
Los expertos explican que el gran cambio sufrido por Aragón en las últimas décadas no ha sido únicamente, ni siquiera principalmente, climático. También han cambiado tanto el paisaje como la sociedad rural.
El abandono de la explotación de las leñas y el marcadísimo descenso de la agricultura de montaña o marginal y de la ganadería extensiva han causado y causan que el paisaje rural haya perdido cultivos agrícolas, eriales y pastizales, ganando matorrales y cubiertas arboladas. Esta realidad es en sí positiva: es la cicatrización de las heridas causadas por siglos de sobreexplotación y maltrato humanos.
El problema no es la expansión de la vegetación forestal, sino que ésta se haya producido a la vez que pasaban dos cosas en España: había un cambio estructural profundísimo de la actividad agroforestal, que pasó a hacer una agricultura y una ganadería mucho más intensivas, y en muchos lugares abandonó los montes, dejando de tener actividad profesional en ellos; y disminuyó, en casi todas las Comunidades Autónomas, la inversión pública en gestión forestal. En esta disminución influyó mucho que se difundiera