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El eclipse de 1905 en Cantabria: cristales ahumados con cerillas, camas a cien pesetas y trenes abarrotados

elDiario.es · hace 18 h
Los periódicos de la época describen la sensación de oscuridad, frío y silencio en un miércoles de agosto lluvioso que desplazó a Burgos 20.000 personas, entre ellos el rey Alfonso XIII que estaba camino de Santander
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“A dos reales y a peseta”, voceaban hace 121 años por la provincia de Santander los vendedores de cristales ahumados y de colores para ver el último eclipse solar total que se había producido en España. Fue el 30 de agosto de 1905. “Variaban el precio según la importancia de las personas que se acercaban a comprarlos”, explica el cronista del periódico cántabro La Atalaya.

Pero desde primeras horas de la mañana la gente andaba por los barrios pidiendo cerillas para hacer con los cristales “lo que con los chorizos en las cocinas: ahumarlos”. No es muy cómodo el sistema -advierte el cronista- porque más de uno hizo cambiar de color a la punta de su nariz“.

Otros muchos santanderinos compraron los cristales ahumados en la óptica de la Calle de la Blanca -desaparecida tras el incendio- del reputado 'gafista' Roberto Basañez. También se llenaron todos los hospedajes y los trenes se abarrotaron de viajeros.

El eclipse pilló al rey Alfonso XIII en Burgos, de camino a una cacería de osos en los Picos de Europa, después se marchó a Las Fraguas en su automóvil de 35 caballos para alojarse en el palacio del duque de Santo Mauro. La reina y la infanta María Teresa viajaban ese día en un tren especial para ver también allí el eclipse, que reunió a 20.000 personas en la zona del castillo. Ellas tomaron camino después para San Sebastián.

Trenes atestados, escasez de habitaciones y una corrida de toros para amenizar el día. Muchos 'santanderinos' optaron también por desplazarse a la ciudad castellana. En el Hotel Gabriela se pagan las camas a cien pesetas, informaba el periódico La Atalaya la víspera del acontecimiento. Otros cántabros viajaron a Potes, Ontaneda, Reinosa o Cabuérniga, ya que en Santander en el eclipse solo fue parcial.

“Sublimes espectáculos de la naturaleza que no solo interesan y cautivan a los sabios, sino a los espíritus vulgares, al hombre en general”, narra el cronista de la época. El diario recomienda -por consejo del afamado astrónomo francés Osmille Flammarion- contemplar instantes antes de la totalidad y después un fenómeno “notablemente curioso” las sombras “ondulosas” visibles sobre el suelo y los muros blancos “en diferentes sentidos y con velocidades variables”.
Trenes a Ontaneda
De la estación de Santander salieron la mañana del eclipse dos trenes, a rebosar de pasajeros y autoridades locales, hacia Ontaneda a las siete y media y a las nueve y media de la mañana, a los que se iban subiendo más viajeros en las paradas, a pesar de los chubascos que amenazan con arruinar la contemplación.

En el andén de llegada esperaban muchas más personas “turistas y bañistas”, describe La Atalaya, en medio de un intenso aguacero. “El público buscó refugio en fondas, hoteles, cafés y tabernas. Cuando amainó los excursionistas, en grupos, ”se esparcieron por Ontaneda y Alceda buscando precipitadamente los sitios más elevados para admirar mejor el espectáculo“.

Entre la lluvia asomó tímidamente el sol a las doce y cuarto. Cientos de personas miraban cómo la luna iba cubriendo el sol. Los valles se tiñeron de sombra. Oscuridad, frío y silencio. Los perros aullaban, los gallos cantaban y los pájaros volaban hacia sus nidos. A las bromas y el charloteo les sucedió un “recogimiento absoluto”. Estremecedor.

A la una y tres minutos -narra el periódico La Atalaya- el sol quedó oculto, brillaron algunas estrellas y la enorme montaña que separa Ontaneda de la Vega de Pas desapareció por completo de la vista. A la una y cuatro minutos -certifica el cronista- terminó el eclipse y se recuperó la alegría. Algunos pasearon por Ontaneda, otros se acercaron a la romería de Villasevil, y los trenes salieron llenos de pasajeros hacia Santander y Bilbao, de donde se habían desplazado muchos curiosos.
Excursión a Cabuérniga
La Sociedad Montañesa de excursionistas había organizado una salida al Escudo de Cabuérniga desde la estación de ferrocarril de Santander donde se habían citado a las siete de la mañana: “iban algunas señoras y señoritas”, precisa la información. “Las damas” -como Clotilde Simavilla y Jenarita Linares- “se distinguieron por su intrepidez”, alaba el poeta Ricardo León en las páginas de El Cantábrico.

Amaneció un día lluvioso y de cielo encapotado. Los excursionistas sumaban 150 y se dividieron en grupos de ocho, capitaneados por el organizador, Julio Fresnedo. Les acompañaban los señores Piñeiro y Presmanes, entre otros nombres propios que cita el informante. Todos iban pertrechados con instrumental 'científico': vidrios ahumados,
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