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Cuando la oscuridad permite ver lo invisible: lo que la ciencia ha aprendido durante los eclipses solares

elDiario.es · hace 9 h
Cada eclipse ha sido una oportunidad para poner a prueba teorías, descubrir nuevos fenómenos y, a veces, para equivocarse con grandeza
MAPA | Dónde ver el eclipse solar del 12 de agosto: recorrido y visibilidad en cada municipio, minuto a minuto

Los eclipses totales de Sol han sido desde siempre uno de los espectáculos naturales más sobrecogedores para la humanidad. Pero más allá de su impacto emocional, han funcionado como auténticos laboratorios celestes: momentos únicos en los que la naturaleza revela secretos que de otra forma habrían tardado décadas o siglos en descubrirse.

La Luna, al interponerse entre la Tierra y el Sol, regala algo paradójico: la oscuridad que permite ver lo invisible, que habitualmente queda perdido en el cielo iluminado por el Sol. La corona solar, millones de veces más débil que la superficie del astro, solo se muestra durante esos breves minutos, aunque desde 1931 y gracias al astrónomo francés Bernard Lyot, que era director del observatorio de Pic de Midi, la astronomía dispone de coronógrafos, un sistema con el que se oculta la luz de la fotosfera y permite ver con detalle la corona.

Cada eclipse ha sido una oportunidad para poner a prueba teorías, descubrir nuevos fenómenos y, a veces, para equivocarse con grandeza. La ciencia ha ido también estudiando cómo las estrellas cercanas al disco solar, normalmente ahogadas por su luz, se hacen visibles para comprobar si la gravedad dobla su trayectoria; y los elementos que componen las capas más externas del Sol emiten sus firmas espectrales sin competencia permitiéndonos conocer su composición a distancia.

Esta es una selección de algunas de esas historias, un aperitivo para el eclipse total que se podrá observar desde España el próximo 12 de agosto de 2026.
El legado de Maunder y el nombre de la corona solar
La historia de la corona solar, ese halo que aparece durante la fase de totalidad del eclipse solar, está tejida con descubrimientos que van más allá de la propia astronomía. Durante siglos, su origen fue un completo misterio: algunos astrónomos, como Halley en 1715, creían que se trataba de la atmósfera de la Luna, mientras otros la atribuían a efectos ópticos de difracción o reflejos en la superficie lunar. No fue hasta 1724 cuando el astrónomo Giacomo F. Maraldi reconoció que aquel halo pertenecía al Sol y no a la Luna. En 1809 el español José Joaquín de Ferrer acuñó el término “corona” para describirla. Pero aún persistía la confusión: su luz era tan tenue que solo era visible durante los breves minutos de un eclipse total, lo que alimentaba todo tipo de especulaciones sobre su naturaleza. El estudio de su comportamiento durante los eclipses abrió una ventana a la comprensión de la actividad solar.

En este campo, la figura de Annie Scott Dill Maunder resulta fundamental. La astrónoma irlandesa no solo participó en expediciones a eclipses en lugares como Laponia o India, sino que demostró cómo las manchas solares migran desde latitudes altas hacia el ecuador a lo largo del ciclo de once años, creando el célebre “diagrama de mariposa”. Sin embargo, durante mucho tiempo este trabajo se atribuyó casi exclusivamente a su marido, Edward Walter Maunder, siendo un claro ejemplo del efecto Matilda, término acuñado por la historiadora Margaret W. Rossiter en 1993 para describir la sistemática invisibilización de las científicas.
El eclipse que descubrió, posiblemente, el Helio
Una de las historias científicas que siempre se narran en torno a los eclipses es que el Helio, el gas noble con el que inflamos los globos y jugamos a hacer muy agudo el tono de nuestra voz, se descubrió primero en la corona solar durante un eclipse total, antes de identificarse en nuestro planeta. La historia oficial suele atribuir esta hazaña al astrónomo francés Pierre Janssen desde Guntur, en el sureste de la India, mientras que el físico británico Norman Lockyer hizo sus espectros solares desde su laboratorio en Londres. Había desarrollado un espectroscopio muy sensible que le permitió observar lo mismo: una misteriosa línea amarilla en el espectro solar que no correspondía con ningún elemento conocido.

La historia popular cuenta que bautizaron ese nuevo elemento como Helio y sus cartas llegaron el mismo día a París. Sin embargo, la realidad documentada es muy distinta. Janssen no mencionó ning
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