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¿Feliz verano? Mi propuesta como psicólogo para no convertir las vacaciones en otra obligación

elDiario.es · hace 9 h
Hemos terminado asociando el verano con la felicidad, mientras que el resto del año queda relegado al margen de cualquier despreocupación o bienestar, como si esta época hubiera monopolizado para siempre esa promesa y, con ella, la obligación de aprovechar cada uno de sus díasElegir quedarse en casa en vacaciones: “Te siguen pasando cosas interesantes sin necesidad de 12 horas de avión”
Agarro la taza y doy el primer sorbo al café. Después abro el correo. Uno de los últimos correos que ha entrado en mi bandeja de entrada termina con un simple: “Feliz verano”. Esas dos palabras activan automáticamente un mecanismo ansiógeno en mi cabeza. Sin darme cuenta, empiezo a imaginar la posibilidad de llegar a septiembre con la sensación de no haber aprovechado las vacaciones lo suficiente. Como si el descanso pudiera medirse en términos de rendimiento y productividad y existiera una manera correcta de vivirlo.

De alguna forma, hemos terminado asociando el verano con la felicidad, mientras que el resto del año queda relegado al margen de cualquier despreocupación o bienestar, como si la felicidad pudiera programarse para un mes concreto del calendario y esta época hubiera monopolizado para siempre esa promesa y, con ella, la obligación de aprovechar cada uno de sus días.

Con la llegada del verano, el merecido descanso estival está a la vuelta de la esquina. Después de todo el curso, me resulta imposible no imaginar esos días de pausa. Parar máquinas, zambullirme en las aguas del Atlántico, reencontrarme con amigos y familiares a los que hace meses que no veo y, sobre todo, desconectar por completo de cualquier actividad relacionada con mi trabajo. Y es precisamente esa idea la que me produce ansiedad.





Aparece la sensación de estar desperdiciando un tiempo valiosísimo, de no estar aprovechándolo de cara a empezar el próximo curso con menos carga, más liviano y con esas cosas pendientes resueltas, eso sí, a costa del tiempo libre



Quizá debería aprovechar las vacaciones para ponerme al día, avanzar en alguna lectura de trabajo o completar una formación que llevo meses posponiendo. También podría dedicar tiempo para avanzar en ese texto en el que llevo trabajando tanto tiempo. Sin embargo, cuanto más pienso en ello, más ansiedad me produce no saber si realmente debería hacer todas esas cosas o, por el contrario, simplemente permitirme descansar. Porque si elijo lo segundo, aparece de inmediato la sensación de estar desperdiciando un tiempo valiosísimo, de no estar aprovechándolo de cara a empezar el próximo curso con menos carga, más liviano y con esas cosas pendientes resueltas, eso sí, a costa del tiempo libre. Es así como aparece la culpa y se dispara todo un sistema de creencias irracionales que parece que tienen por intención invalidar la posibilidad de descansar sin mayor expectativa que esa.

Y si finalmente decido no hacer ninguna de esas cosas relacionadas con el trabajo, entonces aparece otra exigencia, la de aprovechar al máximo las vacaciones. Una casa rural en Portugal con mis hijos y mi pareja, una escapada a Coruña para ver a unas amigas, una parada en El Bierzo para bañarme en sus ríos y reencontrarme con mi familia. Las fiestas de Palacios. También debería llamar a ese amigo con el que el verano pasado no pude quedar porque estaba demasiado ocupado terminando un trabajo. Navegar por la ría de Vigo. Pienso en todas las personas a las que aún me falta por ver, a los que apenas he tenido tiempo de encontrarme durante los últimos meses, en todos los lugares que quiero compartir con mi familia. Y, mientras hago esa lista mental, ocurre algo extraño: todas esas posibilidades acaban produciendo el efecto contrario. En lugar de ilusionarme, siento un bloqueo. Hay tantas cosas que supuestamente debería hacer que termino sin saber por dónde empezar.

Así que abro Instagram y empiezo a hacer scroll. Ese mecanismo de huida, tan habitual en nuestro día a día, que aparece cuando nos enfrentamos a tareas que requieren un esfuerzo cognitivo y nos generan incertidumbre. La materialización de cómo la búsqueda de recompensa inmediata termina imponiéndose sobre aquellos procesos que exigen un mínimo de planificación y toma de decisiones. Durante unos minutos, el malestar parece desaparecer. Pero, al cerrar la aplicación, todo sigue exactamente igual, con un añadido: la sensación de haber perdido el tiempo.

Seguir trabajando durante las vacaciones disminuye claramente los beneficios psicol&oacut
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