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“Echo de menos cuando se hacía de forma más salvaje”: seis experiencias de todo tipo intercambiando casa en vacaciones

elDiario.es · hace 10 h
Lo que un día fue una opción alternativa para viajar ahorrando dinero, hoy se ha convertido en una forma completamente instaurada, con plataformas especializadas en el intercambio que no paran de crecer. ¿Cómo es pasar unos días en casa ajena? ¿Y qué se encuentran los anfitriones a la vuelta?Elegir quedarse en casa en vacaciones: “Te siguen pasando cosas interesantes sin necesidad de 12 horas de avión”
Yo a Boston y tú a California podría ser un buen eslogan con referencia pop para la práctica de intercambio de casas para viajar. Un método que comenzó como un experimento minoritario más parecido a un tablón de anuncios analógico y que se ha profesionalizado, por decirlo de alguna manera, con la aparición de plataformas como Homelink o HomeExchange, la más popular. Según datos del sector, esta última ha experimentado un crecimiento del 370% desde 2021, con más de 120.000 trueques habitacionales. En general, las experiencias son positivas, lo que explica el aumento más allá del ahorro de dinero, aunque también hay anécdotas cuestionables o curiosas.

Begoña empezó a intercambiar vivienda para viajar en aquellos tiempos en los que Internet no era una maraña de comentarios en redes sociales, reseñas y puntuaciones. Era la primera década de los 2000 y recuerda que esta fórmula “tenía un aspecto un poco más romántico y también la cosa era más arriesgada”, aunque siempre le salió bien. Por aquel entonces usaba Craigslist, una web que aún existe, y que funciona como un tablón de anuncios internacional, donde se podía encontrar casi cualquier cosa: productos, trabajos, coches o alojamiento en el extranjero. “Uno de los foros estaba dedicado al intercambio y tú simplemente ponías un mensaje: ’Hola, soy tal, tengo un piso en Barcelona. Me gustaría pasar el verano en Nueva York o Berlín o no sé dónde’ y, a veces ponías fotos, pero otras ni eso, estaba totalmente basado en texto”, explica. “A partir de ahí podías recibir ofertas, y si alguien más o menos te daba buena espina y os cuadraban las fechas, llegabais a un acuerdo. Simplemente, tú te plantabas en su casa y esa persona se plantaba en la tuya”.

En aquella época viajó tres veces a Nueva York, estuvo en tres domicilios diferentes y en dos de ellos durante temporadas largas, mínimo un mes. Recuerda también una estancia en Los Ángeles, “en una casita preciosa en Venice Beach, que jamás hubiera podido pagarme. La familia que vivía allí estuvo en mi piso en Barcelona”. En aquella ocasión vivió una experiencia curiosa: sus anfitriones aún estaban cuando llegaron porque se habían equivocado con la fecha en la que tenían que coger el avión. “La madre era azafata y podían viajar gratis en American Airlines. Era una pareja con dos hijos gemelos y para ir a Europa se plantaban los cuatro en el aeropuerto y cogían el siguiente vuelo que hubiese disponible”. Cuando vieron a Begoña y su familia, se dieron cuenta de la confusión y les pagaron una noche de hotel. “Después, para la vuelta, yo tuve un problema de cancelación de vuelo, les llamamos y fueron muy flexibles, nos pudimos quedar más días, así que no hubo problema”.





Lo que más me mosquea es que nosotros dejamos nuestras toallas, que son de puta madre, y luego vamos a casas de gente que tiene unas toallas enanas, repugnantes, que te las pones y ya huelen como a perro mojado

María




Los padres de María, que ahora está en la treintena, fueron otros pioneros en el método de intercambio de casas. Ellos vivían en Menorca y llegaron a ir a sitios increíbles como Suecia, donde los dueños de la vivienda les dejaron dos coches para sus trayectos durante su estancia. Ya de adulta volvió a recuperar esta costumbre con su chico para evitar el Airbnb, por hacer “boicot a toda esa basura” y por ahorrar dinero. “Me parece un buen recurso, pero creo que hay que valer para ello”, sostiene. Hay gente que cuando le explica que viajan de esta manera le pregunta cosas como que si no le preocupa que los visitantes fotografíen las fotos de sus hijos o que les roben. “A mí me importa un pepino las cosas que tenemos en casa. O sea, como no tengo cosas de valor que se puedan llevar y si lo hacen me da igual. Lo dejamos todo tal cual, les hacemos un poco de hueco, p
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